Theatre des Vampires

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 Pasillos

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Theatre Des Vampires
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MensajeTema: Pasillos   Miér Jul 16, 2008 11:24 pm

El centro psiquiátrico es, por dentro, todo un entramado de pasillos exactamente iguales unos a otros. Largas estancias llenas de puertas negras diferenciadas tan solo por números y códigos, decoradas en alguna ocasión con plantas de interior o algún que otro cuadro extraño.

Una vez que entras en el laberinto de pasillos, es difícil salir, sobre todo por que se hace imposible concentrarse en buscar la salida con ese tenso silencio, roto tan solo por el sonido que emiten máquinas lejanas.
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Eón003

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MensajeTema: Re: Pasillos   Jue Jul 17, 2008 12:50 am

Qué es mejor: ¿Decir algo que sabes que va a desagradar a todo el mundo, o callárte para siempre y no desagradar a nadie?

Durante los anteriores diez años, Eón se hizo esta misma pregunta todas las noches. Pues todos parecían querer que empezase a hablar, a contestar, a discutir, a insultar, a agredir... Sin embargo él prefería mantenerse puro, sin que nadie aún hubiese escuchado su voz.

Aunque no sabía ni por qué. O tal vez lo había olvidado, o tal vez nunca lo supo.

La enfermera que le había llevado a la cama era algo así como "su cuidadora designada". Le acompañaba arriba, abajo, Eón esto, Eón aquello... Con todo el amor y el cuidado del mundo, sin embargo el niño seguía sin fiarse de ella. No le caía mal, sencillamente, no era su madre, ni su padre, ni era un ser de su familia, y jamás le llegaría a querer como tal.

La mujer solía dejar la puerta de Eón abierta por fuera, sin usar esas asépticas tarjetas de cierre electrónico que le encerraban y le aislaban (igual que a todos) de todos. Por eso, inocente ella, nunca sabía que Eón poseía copias de tarjeta que él mismo había creado, basándose en el sistema de cierre. Con un pequeño cromo de los que salían en los bollos de Panrico, un par de bandas metálicas y unos lápices y agujas, Eón había fabricado en una noche una copia perfecta de la tarjeta, solo mirando la ranura de entrada y salida que hacía las veces de cerradura.

Y ahí estaba, investigando por los pasillos como una pequeña hormiga encerrada en un laberinto con el pequeño cromo/tarjeta electrónica entre los dedos, con sus pequeños pies enfundados en calcetines blancos palmeando el suelo con pequeños ruiditos y el osito asomado por su brazo.

Eón, sintiendo que por fin estaba viviendo una aventura que no sucedía solo en su cabeza, suspiró con una pequeña sonrisa adornada con sus dos enormes ojos de plata líquida.

Gritos lejanos, como de gente a varios pisos de distancia se escuchaban a su alrrededor, procedentes de los insomnes y pacientes de terrores nocturnos que al pequeño mas bien poco le importaban, o igual un poco, no sabía, sencillamente no sabía nada...

No tenía miedo a nada, no sabía sentirlo, esa clase de sentimientos estaban bloqueados para Eón. Sin mas, mientras los lejanos aullidos de pánico de sus compañeros sobrevolaban tenues el ambiente, Eón continuó su paseo nocturno por los pasillos del centro, como si nada pasase, como si todo fuese silencio.

Por el momento, Eón, sencillamente, prefería seguir callado.
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Eric

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Fecha de inscripción : 27/05/2008

MensajeTema: Re: Pasillos   Jue Jul 17, 2008 2:26 am

Desde la calle había visto la enorme e impoluta fachada, con todos aquellos mecanismos de alta seguridad que tanto imponían y que tan bien había pasado por alto Eric, sin que le importasen lo más mínimo, entrando por la ventana tan campante.

No tenía ningún problema en cuanto a eso. Sería rápido: entrar, robar comida y salir. Y, si por cualquier circunstancia de la vida lo pillaban, sería tan fácil como sacar su lado más salvaje y deshacerse de ellos, puesto que, muy a pesar del aspecto frágil y enfermo que tenía, seguía manteniendo una fuerza sobre humana aún sin convertir.

Una vez se coló por la ventana, se dejó caer, aterrizando sobre un frío y duro suelo y cayendo de culo con una mueca de dolor. Vale, era un hombre lobo y poseía una fuerza bastante excepcional, pero esas cosas le dolían a todo el mundo. Se levantó y miró a su alrededor, encontrándose con una habitación totalmente blanca y de paredes lisas.

Al fondo se fijó en que la puerta estaba entreabierta, por la cual se colaban unos rayos de luz. Avanzó sigilosamente hasta ella, abriéndola de golpe y estampándola en las narices de un hombre de negro, el cual cayó al suelo, dada la fuerza con la que Eric lo había golpeado.

A su lado había una mujer, de aspecto cansado y con ojeras, mucho más débil y frágil que el otro. El licántropo se llevó el índice a los labios, indicándole que se callase con los ojos bien abiertos, clavados en el cuerpo de la mujer. Fue avanzando, pegado a las paredes y aún con el dedo en los labios, sin desclavar la vista de la señora, que poco después empezó a perder interés en el muchacho y comenzó a escupir y golpear el cuerpo del que estaba tirado en el suelo, pero eso a Eric poco le importaba.

Aún pegado a la pared corrió, subiendo unas escaleras que parecían ser infinitas, esquivando de vez en cuando alguna cámara de seguridad, pero no todas, él seguía anclado en sus creces de que podría hacerle frente a todo el equipo de vigilantes del centro.

Sabía qué eran esas máquinas porque no era la primera vez que entraba en algún lugar así a robar, y además, recordaba alguna que otra de cuando era más pequeño. Al fin se terminaron las escaleras, parando un segundo con la respiración algo agitada bajo una ventana, procurando que se no le viese.

Se iba guiando por su olfato, pero lo cierto es que aquel lugar despistaba bastante, porque olía más a farmacia que a otra cosa. Continuó caminando, hasta apreciar unos mínimos gestos y sonidos, casi como si Eric se los hubiese inventado.

Avanzó con precaución, preparándose para atacar, pues creía acabar de haber sido descubierto. Se pegó en la pared que doblaba la esquina, donde detrás de ésta se escondía su, ahora, enemigo. Esperó unas milésimas de segundo, queriendo que se acercase un poco más a él, hasta que vio el momento oportuno y, de un gran salto, aterrizó frente al otro.

Ladeó la cabeza, totalmente sorprendido al ver algo que para nada se esperaba. Ante él había un niño, bajito, con el pelo casi plateado, totalmente blanco y puro, abrazado a un osito de peluche.

Se acuclilló frente a él, examinándolo sin atreverse a tocarlo, aún con la cabeza ladeada y ahora con el ceño ligeramente fruncido. Temía poder mancharlo con sus manos sucias, y solo se dedicó a mirarlo con sus ojos grises.

Pensó que podría parecer una copia pequeñita de él mismo si estuviese limpio y con ropa, y no con los pantalones rotos que tenía. Se diferenciarían en los ojos, pero ya.

Y el niño no decía nada. Eso le extrañó aún más. No siempre se colaban por las ventanas gente medio desnuda y con esas pintas de loco, aunque tampoco sabía a qué lugar había ido a parar, así que igual sí que pasaba todos los días.

Paseó su mirada por el cuerpo del otro, hasta clavarla en su osito de peluche. Sonrió tímidamente mientras lo acariciaba, sintiendo el tacto esponjoso que tenía y recordando que él de pequeño también tuvo uno… El mismo que llevó en brazos el día que aquel lobo le mordió. Aunque tampoco podía maldecir su suerte, se sentía a gusto sintiendo la naturaleza como la sentía.

Escuchó pasos al fondo. Igual era el de la puerta que venía a por él. Tenía que largarse de allí, pero antes necesitaba coger la comida.

Se levantó en un ágil movimiento e hizo ademán de ponerse a andar, pero volvió a mirar al niño, que tenía su vista clavada en él y no parecía querer cambiar de idea. Eric se mantuvo un momento indeciso, hasta que se volvió a acercar al otro, cogiéndolo de los costados y alzándolo, pegándolo a su cuerpo y llevándoselo consigo, como si siempre hubiese sido suyo y caminando en dirección contraria a los pasos.
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Eón003

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MensajeTema: Re: Pasillos   Jue Jul 17, 2008 3:15 am


Eón seguía su paseo con la maestría y los gestos de quien conoce a la perfección ese entramado de pasillos y corredores, que en parte, así era. Insomne, fotofóbico y autista, en algo se tendría que entretener.

Ruidos lejanos, nada importante, luces lejanas, nada importante, máquinas lejanas, nada importante, gritos lejanos, lo típico. Eón iba analizando cerebralmente cuanto iba percibiendo en su entorno, como una sonda lanzada a un planeta desconocido que tiene como misión estudiar el hábitat.

Con la diferencia de que la sonda mostraría mayor interés, por que sinceramente, todo eso, Eón lo tenía muy visto. Distraídamente, mirando a la lejanía, bostezó, llevándose su pequeña mano a la boca y aferrando con fuerza al osito.

Dio unos pocos pasos más hasta que pasó algo que si que no se esperaba. Ante él, salido de una esquina, apareció un... algo. Algo que se paró ante él, mirándole.

Eón detuvo sus pasos ante la criatura, y fue todo cuanto hizo. Paró todos sus movimientos, limitándolos a los latidos de su corazón. No se asustó, ni se sobresaltó, ni nada parecido, de hecho, observó al recién llegado como si Eón llevase un buen tiempo esperándoselo. O como si todos los días saliesen de las esquinas seres extraños para desearle un feliz paseo.

Sin embargo, su cerebro se puso a trabajar a toda velocidad en pos de analizar y averiguar quien o qué era lo que tenía delante.

Sus ojos se pararon en su rostro, salvaje y de aspecto indómito. Bajaron a sus hombros, mas tarde a su cintura, repasando los brazos con la mirada, después a sus pantalones, bajando por las rodillas y terminando en los pies. Y vuelta a la cabeza, a realizar de nuevo el mismo escaneo. Eón parpadeó acariciando la barriga de su osito.

Bien, información básica:

Nombre: desconocido.
Especie: animal humanoide, Eón desconocía mayor información en ese aspecto.
Sexo: Masculino.
Edad: posiblemente unos 17,18 o 19 años.

Información concreta:

Veamos, en París se hayan tres clases de especies, a saber: Humanos (predominantes en la ciudad) Vampiros (renegados, ocultos o expresivamente orgullosos. Menos abundantes que los humanos, aunque en progreso) y Hombres Lobo (habitantes de los bosques que rara vez se adentran en terreno humano, tal y como podría ser ese mismo centro).

Centrémonos en el aspecto del muchacho: Alto, fuerte, sucio, pelo blanco, piel blanca, aspecto enfermizo, movimientos salvajes, mirada analítica (osea, se estaban investigando mutuamente). Bien, dado lo pálido de su piel, era posible que fuese un vampiro. Pero hay pocos vampiros que vayan vestidos de semejante forma, medio desnudos y así de sucios.

Los vampiros son una raza orgullosa que no suele permitirse esa clase de desatención a su higiene. Además, un vampiro ya le habría matado, y este ser solo le observaba con perplejidad.

Un humano, bueno, es posible que fuese un mendigo que se hubiese colado, pero el mendigo sin duda tenía movimientos muy salvajes, unas uñas afiladas y unos ojos que gritaban "Reino Animal al Poder" con total claridad. Además, hacían falta unas cualidades específicas para poder llegar hasta allí, ya que el muchacho, dada su (escasa) vestimenta, no podía ser un residente.

Saddler los torturaba, explotaba, destrozaba y apuntaba su dolor en un bloc de notas, pero eso sí, les mantenía bien limpitos.

Pero un hombre lobo... Mmm... Tal vez si... eso debía ser, ese chico debía ser un hombre lobo, basándose Eón más que nada en sus movimientos salvajes y en su forma de mirar (oh, bonitos dientes), pues sino, podría ser un simple abandonado de la sociedad.

Eón se encontró a sí mismo llegando a la conclusión de que estaba ante un joven hombre lobo masculino de una edad variante en un intervalo de 17-20 años que se había colado seguramente para poder comer. Ya que poco más podría hacer allí. Pero el pequeño no se asustó, sabía que ese chico podría devorarle allí mismo. ¿Pero qué podía hacer? No podía correr, le perseguiría, tampoco podría pelear, igual a lo sumo hacerle cosquillas con el peluche.

El chico alargó un brazo armado con unas afiladas y sucias uñas, acariciando su osito. Eón, sin alterar su inexpresivo y pétreo gesto, recogió un poco al animal contra sí. Que el peluche era suyo, si ese chico quería uno, que se lo comprase ¿No te digo?

Un ruido lejano interrumpió a Eón pensando y al hombre lobo tocando la cabeza de su peluche. Eón como si nada, hombres lobo, guardias, ruidos, luces... Ladeó un poco la cabeza mientras el chico se levantaba y se iba medio desnudo paseando como Pedro por su casa hacia la oscuridad.

Eón fue a dar la vuelta, cuando de repente sintió algo muy fuerte agarrarle, levantarle del suelo y empezar a desplazarle como si flotase. Y por primera vez, Eón deseó hablar para preguntar "¿Qué está pasando?". Se fijó en que avanzaba de espaldas, así que miró hacia abajo, encontrándose con una espalda y unos pantalones hechos jirones.

Bien, el hombre lobo le había capturado. ¿Y ahora que hacía? Bueno, le daba igual en realidad, que se lo llevase si quería, Eón no iba a defenderse, claro, tampoco podía... Pero de haber podido, tampoco lo habría hecho. Observó su mano libre, sintiendo aún el duro y frío tacto del cromo mágico que abría puertas, fabricado en un castillo de plata por el hechicero Eón.

Se estaban acercando al piso sótano, en donde había muchas cosas. Salas de tortura, celdas de aislamiento, la morgue, y también las cocinas. Eón nunca se planteó lo irónico de que hubiese dos zonas de congelados en ese lugar: una para los alimentos que se comían los enfermos, y otro para los propios enfermos. De haber podido hacerlo, se habría reído, hasta estando en las garras de un hombre lobo de camino a quien sabe donde.

A su costado, en su tránsito, Eón pudo ver una enorme puerta metálica en la que se podía leer, en grandes letras rojas "COCINA". Eón empezó a pegar pequeños golpes a la espalda del chico, pataleando levemente e intentando no hacerle daño (Eón había leído que si pateabas la entrepierna, dolía mucho, pero tampoco quería enfadar al hombre lobo que, con toda la amabilidad del mundo, había decidido librarle de la pesada tarea de caminar).

Palmeó la pared con el puño, clavando las uñas un poco hasta que el hombre que le portaba se detuvo. Eón clavó su mirada de mercurio en los ojos fieros y grises del chico, quedando a dos centímetros la una de la otra. La suya parecía hecha de un material plateado y refulgente, y la del otro, de un acero férreo y poderoso. En el rostro de Eón no se adivinaba ninguna expresión.

Alzó un dedo, señalando repetidas veces la puerta. Veamos, Eón le miró a la nariz.

Probablemente esa nariz (Eón la tocó un poco con la mano que sujetaba la tarjeta) tuviese el suficiente poder olfativo como para detectar que tras esa puerta había comida. Que era lo que todo buen ser vivo provisto de instinto salvaje buscaba. Y continuó tocándole la nariz al muchacho, ya que pese a que ya había llegado a la conclusión de que estaba bien puesta, pues le hacía gracia.

Paró de amasar la nariz del chico para mirarle fíjamente a los ojos. Señaló la puerta, y después se señaló su propia boca, haciéndo gestos de llevar cosas al interior.

Más claro, imposible.
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Eric

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MensajeTema: Re: Pasillos   Jue Jul 17, 2008 12:30 pm

Eric continuó avanzando, escuchando los ruidos de pasos tras ellos pero sin alterar el rostro ni acelerar la marcha, bastante tranquilo ante lo que se fuese a avecinar. Frunció el ceño, de nuevo escaleras. Aquellos pasillos eran como un laberinto.

Bueno, pues nada. Eric se dispuso a bajarlas, teniendo cuidado con el trote que pudiese llevar porque podría hacer daño al niño, que, sorprendentemente, estaba quieto. Siguió bajando sin detenerse en ningún momento y sin alterar el rostro. Ya se iban alejando los pasos, seguramente no fuesen tras él.

Terminaron los peldaños y ante el licántropo se abría un nuevo e infinito pasillo, que se dispuso a recorrer. Pasaba por entre puertas metálicas, y de vez en cuando se oían gritos lejanos, gritos de verdadero terror y dolor que hacían que Eric gruñese en bajo y mirase extrañado las puertas.

¿Qué estarían haciendo? No, si todavía le harían ponerse a ladrar como a un pulgoso perro mientras rasgaba las puertas, histérico. O en su caso a aullar.

Siguió gruñendo un rato más, acelerando ahora el paso en busca de la comida que iba a robar y agarrando más fuerte el cuerpecillo del niño. Hasta que éste comenzó a patalear. Bueno, se habría cansado ya de que lo llevase. Paró, justo cuando comenzó a golpear con suavidad la pared.

Se giró, observando unas enormes letras rojas pegadas a la puerta metálica. Eric miró al niño, que se fijó en su nariz y comenzó a toquetearla. La primera reacción del hombre lobo fue la de cerrar los ojos, con el ceño fruncido, y echar la cabeza ligeramente hacia atrás, sin que se le pasase por la mente el hecho de atacarlo.

A aquella criatura se le veía demasiado inocente y frágil como para querer o poder atacarla, además de que Eric no lo hacía a no ser que se encontrase en verdadero peligro, y aquel niño, manoseándole la nariz, no suponía ninguno.

Hasta que le señaló la pared y de nuevo a él, y comprendió. Pero lo cierto es que no, que no había olido la comida, no sabía porqué pero aquel pasillo en concreto le alteraba los sentidos: no podía escuchar otra cosa más que gritos (el hecho de que no hubiese nada más que oír también influía bastante), no podía distinguir nada que fuese diferente, puesto que en aquel edificio parecía que se andaba en círculos, todos los pasillos eran iguales, ni podía oler nada, tan solo un lejano olor a comida, pero era el mismo que llevaba oliendo todo el rato. Aquellas paredes deberían ser verdaderamente sólidas y férreas, o había un olor que podía confundirlo por encima del de la comida.

Pero no se movió, porque el niño seguía manoseándole la nariz como si fuese algo que le hubiese hecho gracia, aún así cerrando los ojos cada vez que lo veía acercarse, como un perro temeroso de que le hiciesen daño, pero después llevándose la grata sorpresa de que era una caricia.

Ladeó la cabeza, observando como hacía gestos de llevarse comida a la boca, haciendo sonreír a Eric. Aquel niño debía de pensar que era tonto. Lo dejó en el suelo con suavidad, mirándolo desde arriba. Desvió la mirada para clavarla en la puerta metálica.

Se pegó a ella, quedando de cuclillas y examinándola, pensando en como se podría abrir.

No podría usar la fuerza bruta, porque acabaría por hacerse daño él. No podría usar las uñas para abrirla, porque ahora mismo era un simple humano con más fuerza de lo habitual, pero con unas uñas corrientes. Y no podría convertirse en lobo porque no le daba la luz de la luna, y tampoco podría provocarlo, porque de ser que consiguiera hacer algo llamaría bastante más la atención.

Miró al niño, algo frustrado. -¿Sabes cómo abrirla? –preguntó con su gutural voz, que parecía más un suave gruñido que otra cosa.
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Eón003

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MensajeTema: Re: Pasillos   Jue Jul 17, 2008 5:14 pm

Vale, definitivamente, aquel chico hacía ruidos la mar de raros. Mas raros aún que los ruidos que generalmente solía escuchar en el centro, además, se le veía desorientado, perdido, con Eón en brazos y sin saber muy bien a donde ir.

Normal, eso equivaldría a meter a un lobo salvaje en un sitio avanzado y mecanizado con la tecnología mas punta del mercado. Estaría perdido, sin saber que hacer y a punto de... atacar. Por que, precisamente ¿Aquel chico estaba gruñendo? Eón escuchaba sus gruñidos y sus respiraciones roncas y jadeantes justo al oído, pero se impresionó lo mismo que se habría impresionado de haber escuchado al silencio. Sencillamente, disfrutaba agradablemente de la experiencia.

Cuando le posó en el suelo, Eón se revolvió un poco, empezando a sufrir los cambios de pasar del cálido cuerpo de un hombre lobo al gélido ambiente de un pasillo lleno de muertos y verduras en conserva. Además, Eón sabía que eso podía causar resfriados, y había que tener cuidado.

Con calma, y tras lanzarle una mirada al chico que le observaba desde lo alto de su propio cuerpo, Eón se metió el osito de peluche dentro del pijama, haciendo que la cabeza de gomaespuma gris asomase por el cuello de su camisa. Bien, ya no corría peligro de resfriarse. No Eón, el osito.

Los ruidos del chico tocando y examinando la puerta le distrajeron de su onírico mundo, para clavar la mirada en él. Rostro inexpresivo, ojos vacíos pero a su vez llenos de misterio, y la boca perfectamente colocada para no demostrar absolutamente nada, los brazos colgando y el osito bajo su barbilla. Durante unos segundos, Eón miró con esa misma pose al hombre.

Se aburría un poco, así que se puso a contar músculos en su espalda y a rememorar sus utilidades.

Veamos:

-Los músculos producen movimiento.
-Generan energía mecánica por la transformación de la energía química (biotransformadores).
-Dan estabilidad articular.
-Sirven como protección.
-Estimulan los vasos linfáticos y sangui...

-¿Sabes cómo abrirla? –preguntó una voz que parecía tallada en piedra. Eón dejó a los músculos vagando por su mente para centrar su atención en el chico. Ah, pues creía que sí.

Eón se empujó el labio inferior con un dedo, mirándole con inocencia y cara de decir "Eres raro ¿Lo sabes?". Finalmente dio unos pocos y silenciosos pasos hasta le muchacho y miró la cerradura mecánica a la derecha. Se trataba de una gran caja negra con una ranura, y junto a esta, dos diminutas bombillas: una roja y otra verde.

Eón paseó su ojo por la ranura, investigando el interior y recibiendo los detalles de su forma y sus enclaves. Sin mas, tumbó su cuerpo en el suelo, bocabajo y elevando las piernas a partir de las rodillas, como si leyese con el estómago pegado a la fría superficie de aquel pasillo. El osito quedó un tanto aplastado bajo el cuerpo del niño, asomándole su peluda cabeza por un lado del cuello.

Dejó el cromo en el suelo, a un lado, metió la mano en un bolsillo y sacó una pequeña tira de metal parecida a un pedazo de lima y una pequeña aguja de coser bastante grande.

Tendió la tira metálica frente a él, sujetó la aguja con dos dedos y entrecerró la vista, comenzando a aproximar la punta al metal. Eón comenzó a rayar la superficie, dibujando líneas perfectamente rectas, algúnas mas pequeñas, otras mas grandes, otras horizontales, y así durante un minuto mas o menos, hasta que finalmente paró, escrutando su creación.

No sin antes lanzarle una mirada elocuente al caballero-lobo, Eón recogió su cromo, le quitó la banda metálica que tenía y le pegó la nueva, guardando la anterior en su bolsillo. Se levantó.

Para Eón, no había lugar secreto en el Centro de Investigación, siempre y cuando dispusiese de limas, agujas y bollos de Panrico. No le importaba estar jugando o dar muestras de superdotación con un hombre lobo, Eón le quería igualmente. Todos solían decir que Eón era algo así como "el hombre del futuro". Una clase de ser humano que no se dará en la sociedad hasta dentro de muchas décadas, o de, tal vez, muchos eónes.

Como si un habitante de la tierra del 2500 se hubiese perdido en el río del tiempo y hubiese acabado en el 2008. Sin pensar mucho en los ríos, en el tiempo, y en lo fresca que era la tierra en Invierno, Eón introdujo su cromo mágico en la ranura, con su rostro totalmente abandonado de emoción.

Tras un leve chasquido parecido al ruido de un concurso cuando el concursante formula la respuesta equivocada, la bombilla roja dejó de brillar para cederle el paso a la verde, que se iluminó.

Eón, antes que nadie, abrió la puerta y entró en la inmensa cocina. Había estado varias veces allí (pensó mientras pensaba) y nunca se dejaba impresionar por su estéril ambiente. Una gran habitación, en esas totalmente a oscuras, poblada de grandes mesas de acero paralelas unas a otras en las que se amontonaban cazuelas, ollas, sartenes y sobre las cuales colgaban cientos de cucharones metálicos de diversos tamaños.

Eón se giró al hombre lobo aún en la puerta. Se llevó un dedo a los labios, indicándole que no hiciese ruido, y después sacudió la mano hacia su cuerpo, para que entrase. Aún así, por si acaso se perdía, deshizo dos pasos y le tomó de la mano o garra (más bien garra) y le condujo al centro dando pequeños pasos. Tras balancear un rato la mano del licántropo, Eón la soltó, alejándose un poco.

Dadas sus incursiones en aquel lugar, Eón conocía mas o menos la ubicación de la comida, y le apetecía probar un poco a experimentar con su nuevo amigo/compañero/captor. Abrió un gran frigorífico, desde cuyas baldosas el humo de hielo se derramó en cascada. El pequeño atravesó esa cascada con una mano y sacó un gran pedazo de carne. Con la otra mano, extrajo un pedazo de pastel de chocolate bastante grande, restos del postre que el propio Eón había probado antes, en la cena en su habitación, pues no le dejaban cenar con los demás internos.

Con una cosa en cada mano, Eón se acercó a una mesa que estaba frente al otro chico. Sin más, estampó el pedazo de carne en el extremo izquierdo de la superficie metálica, dio dos pasos, y estampó la tarta de chocolate en el extremo derecho, y él se puso entre ambos.

Sin mas, se quedó allí, quieto, mirándole y esperando con su mercúreo gesto cubriendo su rostro, bajo el cual los ojos de cristal del osito de plata brillaban amenazantes.
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Eric

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MensajeTema: Re: Pasillos   Vie Jul 18, 2008 12:34 am


Ladeó la cabeza mientras lo observaba trajinar con un trozo de papel y metal, sin saber qué hacía ni comprender lo más mínimo. Y en lugar de querer intentar hacerlo, desvió la mirada, dirigiéndola ante la puerta con las grandes letras rojas, frunciendo el ceño e intentando leer lo que ponía en ellas.

Lo cierto es que casi no sabía. Al cumplir los ocho años fue separado de todo tipo de civilización, por lo que ni siquiera tuvo tiempo para aprender o de que le enseñaran, pero algo sabía. Eran pasos torpes, y le costaba mucho, pero algo podía. Requería su tiempo.

CO… Sí, eso, CO… Bah, empezando por CO y sabiendo que ahí se guardaba la comida era evidente que pondría COCINA, y con eso pues ya lo leía del tirón. Menuda mierda.

Chascó la lengua, dando una patada al aire y sentándose en el suelo, observando al niño, que, dando unas últimas cinceladas al trozo de papel con cosas metálicas, se levantó, mirando a Eric y abriendo la puerta.

Lo miró sorprendido. Lo que él no hubiese podido abrir a base de golpes, lo había abierto un chiquillo con un trozo de papel y llevando escondido a un osito de peluche bajo la camiseta de lo que parecía un pijama.

Se levantó de un salto, extrañado (y ligeramente dañado en su orgullo) y asomando la cabeza tras él para observar la cocina. El otro avanzó hasta abrir un enorme fropófero… frifóforo… fririgópofo… ¡JODER!

Pero no pudo pelearse mucho más con su escaso vocabulario en tecnología, puesto que su pequeño guía se había puesto a sacar comida del… aparato. Clavó la vista en él, siguiéndolo con la mirada, a él, al pedazo de carne y al postre, entreabriendo la boca, deseos de empezar a comer.

Pero el pequeño se puso en medio de la mesa, quedando también entre los dos platos, mirando a Eric, que se preguntó qué hacía. Y llegó a la conclusión que suponía era la duda del otro: ¿Por dónde empezaba?

Uf, ese buen trozo de carne llamaba bastante, pero el trozo de pastel tenía una pinta demasiado esponjosa y apetitosa por el chocolate. Se rascó la cabeza, quedándose algo absorto observando la comida, queriéndose tirar a por ella, pero sabiendo que era de aquel crío.

Aunque sinceramente dudaba de que pudiese comerse ese filete crudo, grasiento y colosal. Así que igual debía comerse el pastel de chocolate, pero corría el riesgo de que se ensuciara aquel blanco tan puro, además de que Eric recordaba que de pequeño a él no le dejaban comer dulces, así que eso tampoco.

Se sacudió el mismo la melena, estirándose y enseñando todos los huesos que se marcaban sobre su pálida y sucia tez. Se le bajaron algo los pantalones, y se los subió con algo de parsimonia en tanto que fue hasta el… bicho ese asqueroso y frío en el que guardaban la comida, y buscaba en el interior.

Miró indeciso toda aquella comida, encandilado por el aroma que desprendía. Pero antes de dejarse llevar por sus impulsos, que le estaban gritando el lanzarse a devorar todo lo que pudiese, encontró lo que buscaba. Cogió una manzana, grande y roja.

Aún con el fririgópofo abierto, le entregó la fruta al otro, yendo hasta él y dándosela con una sonrisa. Eso era lo que se le debía de dar a los cachorros humanos, fruta para que creciesen sanos y fuertes. Y si después seguía con hambre, le buscaría cualquier otro alimento que pudiese comer.

Cogió el trozo de pastel y lo guardó en el interior del fririgópofo, no sin antes hundir en él el dedo y llevárselo recubierto de chocolate a la boca. Lo cerró y se sentó, con el trozo de carne delante, sobre la fría superficie de metal.

Lo cogió con las manos y le dio un buen mordisco, masticando el filete crudo entre sus fauces, tragando ruidosamente y con una sonrisa en la boca, devorando con prisa la carne, mientras que veía al otro observarle.

-¿Cómo se llama el fririgópofo? –preguntó con la boca llena. No cayó en la cuenta de lo estúpida que llegaría a sonar esa pregunta de haber dicho correctamente el nombre del aparato, pero al no haber sido así tenía la esperanza de que aquel niño pudiese sacarle de su duda, que seguía martilleándole la cabeza con nuevos nombres.

Frorópofo, Fripífigo, Frigorípoca… ¿tan difícil era llamarlo aparato de frío? O simplemente aparato. Así sería muchísimo más fácil. “¡Oye cariño, coge la carne que está en el aparato!” “¿En este?” “¡No, en el fripogóro!”

Comenzó a sonreír él solo, de nuevo absorto en sus pensamientos y acabándose de un último y tercer bocado el gran filete, volviendo a tragar bastamente y dejando entrever la comida entre sus dientes. Se levantó y volvió a mirar la comida, cogiendo una enorme fuente de arroz para él y un par de plátanos y el trozo de pastel que dejó frente al niño, empujando los platos hacia él, señalándole que comiese.
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Eón003

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MensajeTema: Re: Pasillos   Vie Jul 18, 2008 1:13 am


Eón observó expectante (sin demostrarlo) a la naturaleza en su estado mas puro. Si señor, ahora iba a ver el comportamiento de un hombre lobo totalmente desatado y sangriento lanzarse a por la carne cruda y jugosa, haciendo, sin duda, gala de ademanes monstruosos, dientes de sierra y ojos desbocados mientras clavaba sus fieras uñas en los músculos de su presa.

Si, ya estaba empezando a dar pasos, Eón no alteró su gesto, pero su pequeño corazón latió algo más fuerte. Esperando poder ver el poder del reino animal totalmente libre y puro. Y ese heraldo del mundo de lo salvaje, de lo libre, de lo instintivo, no hizo nada mejor que girarse, ir a la nevera, tomar una manzana, dar media vuelta, y enchufársela en la cara con una preciosa sonrisa.

-...-

Eón tomó la manzana por el tallo con los ojos muy abiertos y las cejas formando dos extensos y perfectos arcos, mientras que su boca se curvaba un poco hacia abajo. Y ahí se quedaron él y su osito mirando la manzana, mientras que el hombre lobo cogía y se llevaba la tarta de nuevo al electrodoméstico.

Bueeeeeno... ¿Y eso que significaba? Veamos. Posiblemente era un comportamiento adoptivo-alimentario de carácter amistoso. Pues le había dado una manzana sonriendo (cosa que le había descolocado un poco) y encima se había llevado la tarta. ¿Un licántropo que se preocupa por la salud dental infantil? Pero que cosas mas raras...

El chico regresó con esos precarios pantalones que hacían que Eón de vez en cuando tapase sus ojos con sus pequeñas manos, por que es que veía que se le caían. Pero se dejó observar cuando el otro se sentó alegremente frente a él y comenzó a masticar el filete crudo. Eón cerró un poco sus ojos, dejando dos franjas plateadas.

Oh, eso debía significar que en el fondo, de algúna forma, su experimento había salido bien. Pues ni un humano mendigo comería carne cruda, o eso suponía él... Pero lo cierto es que tenía pensado comerse la tarta en lo que el licántropo devoraba su premio, y ahora en lugar de eso tenía una dulce, golosa y apetitosa...eh...manzana.

Pues como no tenía nada mejor que hacer, le dio un pequeño mordisco y comenzó a masticarla. No sabía mala, pero el pastel habría sabido mejor. Durante unos instantes meditó el hecho de regresar a la nevera y tomar la tarta de nuevo, dejando la manzana. Pero pocas veces le ofrecían al pequeño comida con una sonrisa en la cara, así que simplemente recordando el rostro del hombre lobo feliz ofreciéndole esa fruta le bastó para no moverse.

Eso si, sacó el peluche del interior de su ropa y volvió a abrazarlo por fuera, que le picaba.

-¿Cómo se llama el fririgópofo? –preguntó el otro con varios pedazos de carne saludándole entre los dientes.

-...-

¿El frigoqué? ¿El frigocual? Ooooooh... El muchacho debía querer decir la nevera... Oh ¿No sabía pronunciar nevera? ¡Qué majo! Bueno, pronunciarlo si sabría, lo que no sabría sería leerlo en cualquier caso. Pues Eón le ayudaría, como ayudaba a todos en las aventuras de sus libros, cuentos y las que formaba en su propia mente.

Le levantó un dedo, indicándole que esperase un segundo justo tras formular su pregunta, y comenzó a dar vueltas por el lugar, maquinando.

Bien, si quería hacerle entender al muchacho como se pronunciaba el nombre de aquel aparato, tendría que ser rápido. Comenzó a pasearse por los laterales de la cocina, abriendo armarios con gestos rápidos, como si estuviese de compras en un supermercado, y mientras tanto, disparando la mano al interior para recoger paquetes, cajas y demás objetos que necesitaba.

Tras pulular un rato por el área, regresó a la mesa con los brazos llenos de toda clase de artículos, y comenzó a ordenarlos.

En un extremo puso una nuez, junto a ella, un tallo de espinacas, al lado, un vaso, junto al vaso, una espina de una raspa de pescado, junto a ella, la raspa de donde la había arrancado. Junto a la raspa de pescado, Eón derramó un poco de aceite que brillaba como el oro líquido.

Miró elocuentemente al hombre lobo, señalando los artículos en fila.

Tomó un paquete de spaguettis, cogiendo unos cuantos y partiéndolos en varios pedazos. Los colocó de modo que formaron un "1" y recolocó otros pocos, poco después de partirlos, formando la palabra "LETRA".

Bien, ya lo tenía todo listo. En su cerebro los objetos se apiñaron solos.

Nuez
Espinacas
Vaso
Espina
Raspa
Aceite

Todo perfectamente ordenadito. Eón rodeó la mesa con pasos rápidos, sin sonreír, y saltó a la espalda del hombre lobo, y abrazándose a su cuello señaló uno a uno los objetos, para después señalar los spaguettis. Le miró con gesto inexpresivo, asintiendo con la cabeza y lanzándole una significativa mirada.

"Vamos, sé que puedes entenderlo..."
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Eric

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MensajeTema: Re: Pasillos   Vie Jul 18, 2008 2:24 pm

Mientras devoraba su nuevo plato, ahora de arroz, metiendo la cabeza directamente en la fuente y comiendo desde ahí, observó, o al menos percibió, todos los movimientos que hacía el niño por la cocina.

Hasta que se dispuso a ordenar toda clase de cosas que había ido recogiendo por los estantes, pero sin que Eric levantase para nada la cabeza de su plato de arroz.

De repente sintió que algo saltaba sobre su espalda, haciendo hundir ligeramente más la cabeza sobre la comida y encorvándole más la espalda, pero por la sorpresa, porque el peso casi ni lo sentía. Levantó el rostro de la fuente, luciendo la cara llena de granos de arroz repartidos por toda ésta.

Miró hacia atrás, clavando sus férreos ojos en los del niño, que le señalaba la comida y después los espaguetis. Torció el gesto. No le hacían especial gracia las espinacas, pero igual quería que se las comiese.

-Es que no me gustan –le dijo al otro con tono de reproche. Frunció el ceño, mirando en una especie de puchero la verdura. Y después volvió a mirar al niño. Le faltaba poco más para comenzar a lloriquear como un perro que está mirando como sus dueños comen cosas más ricas mientras él se tenía que conformar con el pienso.

Hasta que volvió a fijarse en los espaguetis, que estaban alineados de una manera bastante extraña, como formando… letras. Frunció el ceño y se concentró en los trozos, con los que ponía L… LTR… LETR… ¡LETRAS!

Vale, vale, LETRAS. Y lo de delante era solo un trozo, así que sería uno. Bien, 1LETRA.

-Una letra –le dijo sonriente al niño. Al ver que le seguía mirando inexpresivo frunció el ceño. Nada, que debería comerse las espinacas oye… O no. Espera. Se concentró en los alimentos, que estaban colocados en orden, tras lo de una letra…

Ya había que tener mala leche para hacerle eso. ¿Es que era tan difícil decirle que se llamaba nevera el fropófigo? ¿Qué? Miró atontado la comida. ¡Eso era!

-¡NEVERA! –chilló segundos antes de soltar una carcajada. ¡Eso ponía! Nevera, nevera, nevera, nevera. Por más que lo leía no encontraba otra cosa. Eso sí, no sabía como había logrado entenderlo. Se giró, mirando al niño con una gran sonrisa en la cara –Pone nevera –dijo señalando la comida, aún sonriente.

Se cruzó de brazos, mirando orgulloso el jeroglífico que le había preparado el otro. El cual Eric seguía pensando que tenía mala leche, porque debería haber hablado y decírselo, aunque esa sensación era de lo más gratificante. Nevera, ja.

Observó el fondo de la mesa, donde estaba la fruta que antes le había dado y el pastel de chocolate. Frunció el ceño –Oye, cómete la manzana, hombre –Dijo estirándose (mientras se le volvían a bajar los pantalones, mostrando casi todo su cuerpo) y agarrándola, eso y un plátano. –Venga –volvió a tendérsela con una enorme sonrisa.

-Me quedaré aquí hasta que te las comas –dijo mirándole sin desclavar la mirada de él, avisándole de que hablaba completamente enserio. –Mientras yo iré hacia la NEVERA –dijo haciendo notar esa última palabra- a coger algo de comida, ¿vale? –preguntó con una gran sonrisa.
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Eón003

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MensajeTema: Re: Pasillos   Vie Jul 18, 2008 3:26 pm


¿Hasta que punto es inteligente el cerebro de un humano mezclado con el de un lobo? A Eón esa pregunta le abría un nuevo mundo de posibilidades de estudio de su nuevo amigo, poder saber como pensaban, como actuaban, como descifraban acertijos y resolvían problemas. Todo claro está, sin que el muchacho corriese peligro, simples y pequeñas pruebas con las que Eón podría conocerle mejor y explotar su genio científico.

El pequeño continuó aferrando con fuerza el cuello del chico y señalando los objetos uno a uno. Mientras que le miraba y asentía con gesto firme. "Vamos, entiéndelo, sé que puedes".

-Es que no me gustan –se quejó el licántropo mirando a Eón directamente a los ojos, mientras le ponía una especie de morritos.

-...............................................................................-

Vale, bien, la cosa iba por un camino extraño. El muchacho debía querer comerse su prueba. Bueno, pero Eón intentaría detenerlo (a saber como) hasta hacerle pronunciar la frase. El Profesor Eón era un buen amigo a las buenas, y un mejor enemigo a las malas.

Subió la mano por su espalda suavemente, y cuando llegó a la nuca, la echó hacia atrás de forma inaudible y lista para darle al alumno el correctivo apropiado (hostión y vuelta a señalar los objetos), cuando de repente detectó actividad cerebral y visual en su nuevo amigo. Eón clavó sus ojos de plata en los del chico con una media sonrisa, estudiando sus gestos, casi pudiendo leer sus pensamientos intentando ordenar el acertijo sobre la mesa.

Vamos... vamos... míralos bien, entiende la colocación, la primera letra del nombre de cada objeto... es muy fácil... muy fácil...Venga...

-Una letra –dijo el chico. Eón abrió mucho los ojos, asintiendo con fuerza y agitando un poco su propio pelo mientras sacudía al muchacho con sus brazos. ¡Bien! Ya tenía la primera parte del acertijo resuelta. Eón apuntó mentalmente: Inteligencia del hombre lobo aumentada de un 10% a un 50%. Estaba eufórico aunque en su cuerpo no se notase.

La emoción de Eón se disparó cuando vió como el chaval empezaba a esbozar gestos de empezar a comprender. Sus ojos de un gris férreo iban moviéndose entre los objetos, discurriendo, atando cabos. Eón se mordió el labio, expectante a mas no poder.

-¡NEVERA! –gritó finalmente. Eón sonrió abiertamente enseñando sus dientes blancos, mirándole fijamente y asintiendo con la cabeza con fuerza, afirmando que efectivamente esa era la respuesta al enigma.

¡SI!¡GENIAL!¡Lo había conseguido!. Había resuelto él solo el acertijo de Eón, y sin ayuda. No se lo creía, estaba mas emocionado de lo que lo hubiese estado en mucho tiempo. El pequeño se abrazó mas fuerte al muchacho pegando su rostro al suyo mientras le removía la melena blanca con su mano libre y éste reía. Inteligencia del hombre lobo aumentada de un 50% a un 100%.

Eón se separó del chico, regresando a su lugar tras la mesa con una sonrisa en el rostro y el osito aún entre sus brazos, caminando casi con torpeza. Pero saboreando la satisfacción y sensación de superación personal del otro, que a él en cierto modo le hacía también muy feliz.

Le había abierto las puertas al comienzo. A empezar a leer mediante adivinanzas e incógnitas, y sin duda se había divertido más que nunca. Ahora le tocaba el premio a Eón por su misión cumplida: su dulce, maravilloso y esponjoso pastel.

–Oye, cómete la manzana, hombre -dijo una ruda voz interrumpiendo sus pensamientos.

-¿...?-

Al llegar, se giró para encontrarse con que el chico le tendía de nuevo la manzana mordida y un plátano, de nuevo con su bonita sonrisa que decía "te los comes y te los comes ahora".

-...-

Nada, que hoy el pastel no lo volvía a probar. Puso los ojos en blanco, cediendo ante la sonrisa del chico, estirando el brazo y cogiendo el plátano. Ya estaba harto de manzanas. Lo comenzó a pelar (mirando rápidamente hacia otro lado cuando al otro casi le resbalaron al completo los pantalones y se le vió todo).

¿Pero por qué se empeñaba en obligarle a comer? ¿A caso ese chico era su hermano mayor? Físicamente podría serlo perfectamente, pero desde luego esos ademanes manducones con alguien al que acabas de conocer no le encajaban para nada. ¡Oh! ¡Tal vez fuese eso! El hombre lobo debía de haberle cogido cariño y tal vez le había "adoptado" por así decirlo.

¿Tenía Eón pinta de cachorro de lobo? (Levantó las manos palma arriba y se las observó, esperando encontrar garras).

Mordisqueó (se acordó de que tal vez asemejase a una plateada cría de licántropo y comenzó a masticar con algo mas de humanidad) el plátano meditando en las posibles opciones que ahora tenía, bueno, tal vez algo de salvaje aventura sería divertido. Eón no sabía, a Eón básicamente todo le daba igual. Todo, menos seguir explotando el enorme potencial del chico y seguir conociéndole.

–Mientras yo iré hacia la NEVERA a coger algo de comida, ¿vale? –informó el otro.

Eón asintió una vez con la cabeza, sonriente. Y de repente se le ocurrió una idea, mientras que el chico trasteaba en su recién descubierto electrodoméstico. Un alumno, o alguien que está aprendiendo, precisa de dos cosas vitales para seguir mostrando interés: estimulación y recompensa.

Dejó el plátano en la mesa y comenzó a corretear por los armarios, abriéndolos y revolviendo su interior, hasta que dio con el que buscaba. El armario de los "premios" por así decirlo. Un armario totalmente repleto de gominolas, caramelos, paquetes de snacks salados, pasteles y demás mierda pudre-estómagos.

Cuando un enfermero cumplía años, o, por lo menos, se comportaba bien, los enfermeros le regalaban o le hacían una pequeña "fiesta" en la que todos podían comer unas pocas gominolas o gusanitos, todo siempre y cuando haya vigilancia de por medio. Eón, sabiéndose totalmente libre para hacer lo que quisiera en ese momento, agarró varios paquetes de caramelos, gominolas, unos cuantos paquetes de gusanitos y unos bollos Panrico (de los de toda la vida, vaya).

Con las manos cargadas regresó a la mesa y lo posó todo en montaña. Cualquier niño habría visto eso y habría gritado "¡El Paraíso!". Pero a Eón ningúna de esas chucherías le gustaba demasiado, así que simplemente tomó el plátano de nuevo y continuó comiéndoselo con parsimonia. Todo eso era para el hombre lobo, como premio a su inteligencia.

Espero a que su amigo... a que su amigo...

¿Su amigo qué?

Bien, se acababa de dar cuenta de que su amigo aún NO TENÍA NOMBRE. Qué despiste, había estado estudiando y enseñando a una persona que no sabía ni como se llamaba. Pues eso se iba a terminar, aquí, las cosas claras.

Eón dio dos fuertes golpes sobre la mesa para llamar la atención del hombre lobo, y acto seguido volvió a sacudir la mano hacia su cuerpo, indicándole que se acercase mientras tragaba. A su lado aún quedaban los restos de su experimento anterior.

Tomó los spaguettis. A su izquierda, entre los dulces, había un paquete de rosquillas, Eón tomó una y la puso al lado de la "E" que acababa de formar, y después dibujó una "N" con el resto de la pasta. Partió un pedacito más pequeño y lo puso sobre la rosquilla. Finalmente, en la mesa se pudo ver claramente el nombre que Saddler le había impuesto cuando llegó al Centro, siendo su nombre real un misterio.

"EÓN"

El portador del nombre sonrió abiertamente al licántropo.

Tomó una bolsa de distintas clases de gominolas, rodeó la mesa y volvió a abrazarse a su cuello, sacudiéndolas ante su cara y ofreciéndoselas como premio si averiguaba la respuesta a ese nuevo enigma. Él, por su parte, le dio otro mordisco al plátano.

Giró su cara para que le mirase (masticando) directamente a los ojos.

Eón se señaló a si mismo, picándose varias veces en el pecho mientras que con la mano del osito señalaba el nombre. Y después le señaló al otro clavando un dedo en su nariz, alzando las cejas y elevando un poco la barbilla, como si estuviese preguntándole algo.

"Yo me llamo Eón, ¿Y tú?" Pensó mentalmente, maldiciéndose por no poder decírselo con su propia voz.

¿A los hombres lobos les gustan las gominolas? Eón no sabía, sencillamente, Eón no sabía nada. Solo sabía una cosa, acababa de hacer, tras años de ser tildado de "Retrasado Social" a su primer amigo.
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Eric

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MensajeTema: Re: Pasillos   Dom Jul 20, 2008 12:58 am

Iba refunfuñando mientras que rebuscaba en el enorme frigopófiro, helándose las manos y la cabeza. Gruñía cosas ininteligibles, cosas que ni él mismo sabía qué querían decir o a qué se refería con ellas, pero maldiciendo en todos los idiomas posibles que aquella cosa estuviese tan condenadamente fría.

Y encima estaba todo empaquetado, o con salsa o cosas así. Parecía que lo hacían a posta, oye. Chascó la lengua, aún con la cabeza dentro de la nevera, cosa que hizo que un aire glacial le llenase por completo la boca, congelándose y volviendo a gruñir.

Prefería cazar mil veces, pero no siempre se cogían buenas presas. Podía pasar que el animal estuviese enfermo, o amargo, o simplemente no tuviese demasiada carne. Pero lo que más le molestaba era tener que comérsela cruda entera. Un filete, una pata, un muslo estaba bien, pero todo el animal cansaba bastante. Así que cuando podía se colaba en edificios humanos y robaba comida ya cocinada.

Un ruido metálico le hizo sacar la cabeza de la nevera, mirando (con una salchicha, que había pillado mientras registraba el electrodoméstico, entre las fauces) el lugar del que provenía, encontrando allí al otro, que le hizo ademanes de que fuese.

Dejando la puerta abierta y tragando ruidosamente la comida fue a por él. Se sentó sobre la mesa, mirando distraído la nueva palabra que formaba el niño, relamiéndose al oler las golosinas y aperitivos que había cerca. Cuando pareció parar se concentró en leer lo que ponía, y al ser una palabra fácil y corta lo hizo con mayor rapidez.

-¡Eón! –Exclamó sonriente a la vez que cogía la O, dejando dibujada sobre la mesa un E´N de espagueti y haciendo caso omiso de las golosinas que le había puesto el otro prácticamente en la cara. Él no era un perro al que si hacía algo bien se le daba un dulce y si hacía algo mal capón.

Se encaminó hacia la nevera mientras se terminaba la O que formaba su nombre (suponía que era eso). Pero nada más meter la cabeza dentro para volver a rebuscar, cayó en la cuenta de que Eón no sabía el suyo.

La sacó con prisas y sin cuidado, llevándose un buen coscorrón de premio, que le hizo pegar un pequeño salto, alejándose de la nevera y un gemido de dolor, un llanto animal. Con el ceño fruncido se giró al niño. –Yo me llamo Eric –Le informó con la voz lastimera. Se había fijado en que Eón no hablaba, al principio se lo había tomado casi como un juego, pero ahora se preguntaba la razón más seriamente. Le gustaría escuchar su voz, y oír con sus propias palabras si no lo hacía por algún motivo importante, o si es que era realmente un juego. Pero no quería atosigarlo, que hablase cuando él lo viese oportuno.

Volvió a la nevera, gruñéndole cuando la tuvo en frente y metiendo con cuidado la cabeza en el interior, mientras los pantalones le resbalaban lentamente, pero sin que se le llegase a ver nada.

Comenzó a agarrar todo lo que pudo, ya era hora de salir de ese lugar. Cogió varios filetes de carne, diversos packs de salchichas y embutidos, y una pieza de queso. Y lo metió todo en los bolsillos de los pantalones, puesto que no tenía otro lugar donde meterlo.

Como tenían un agujero, se colaban las cosas por el forro de los vaqueros, cosa que Eric aprovechaba agradecido para seguir metiendo cosas. Cuando terminó de coger todo lo que le apeteció de la nevera, y con un plátano en la boca él también (dejando muy graciosamente la cáscara de donde había cogido la fruta, que él era muy ordenado), se dirigió al armarito de los snacks.

Cogió varias bolsas de patatas fritas, gominolas y frutos secos, rebuscando más a fondo y empinándose para ver si más al fondo había algo de su agrado. Torció el gesto. Pues parecía que ya había acabado ahí.

Sin terminarse el plátano, dejó lo que le quedaba sobre la encimera, mirando a Eón. Bueno, había llevado a ese niño hasta ahí porque se había alarmado algo al escuchar los pasos tras él, ya que podía haberse chivado de su presencia la mujer que estaba delante cuando había derrumbado al de la puerta y el niño podría haberle indicado por donde seguirlo.

Pero ya de paso lo había utilizado también como guía. Además de que había resultado ser una agradable compañía. Se separó de la encimera, avanzando unos pasos hasta la puerta, asomándose al rellano y viéndolo desierto.

-Um, Eón –lo llamó con su gutural voz. Volvió a meter el medio cuerpo que asomaba fuera de la cocina dentro, examinando al niño-. Me voy. Vuelvo a… -Bueno, lo cierto es que no sabía muy bien a dónde iba a ir ahora-… Bueno, voy a salir y no volveré –Frunció el ceño, preguntándose qué hacía contándole esas cosas-, ¿vienes?
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Eón003

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MensajeTema: Re: Pasillos   Dom Jul 20, 2008 1:56 am


La voz del chico inundó la estancia llevando su nombre como mensaje, tan alto que Eón entrecerró un poco los ojos en un gesto incómodo. Todavía sería gracioso que alguien les escuchase, fuese a por ellos y les pillase.

A Eón le tocaría una buena sesión de sillas dotadas de agujas eléctricas por desobedecer el toque de queda, encontrarse con un hombre lobo, guiarle por las instalaciones, colarse en las cocinas, desordenarlas, comerse los alimentos que contenía a deshora y encima darle de comer a su amigo.

¿Sillas eléctricas? Y dos buenas hostias también, desde luego.

Aún así, cuando el licántropo se calló (comiéndose la O de su pintoresco nombre) Eón asintió tres veces con fuerza, sonriendo con calma. Pocas veces había escuchado su nombre ser pronunciado con alegría o con asombro, puesto que todos musitaban a su paso un triste "Eón..." o un "¡Eón!" al ver sus ecuaciones matemáticas tan perfectamente resueltos.

El chico hizo caso omiso a las golosinas, encaminándose de nuevo hacia el frigorífico. En fin, a Eón lo mismo le daba, simplemente las dejó sobre la mesa, terminándose el plátano como si tal cosa mientras inspeccionaba el techo, masticando distraído.

Un ruido fuerte le hizo encoger la cabeza entre los hombros y mirar a todas partes, asustado. Pero solo vió al chico sacudiendo la cabeza y el congelador algo desplazado de su sitio. Ah, bien, solo había sido su cabeza.

Eón se acercó corriendo a donde él para ver si le había pasado algo, deteniéndose en la mesa al escuchar que el chico e llamaba Eric.

-...-

"Eric"

¡Vaya! Era un bonito nombre, de origen germánico. Significaba "El que siempre reina", "Príncipe Honorable". Variaba de Erik. Según Eón sabía, ese nombre lo llevaban personalidades tales como el sociólogo Erich Fromm o el cantante Eric Clapton. Era un nombre bonito, en definitiva.

Eón ensanchó su sonrisa y asintió una vez en signo de afirmación, dando a entender que había entendido perfectamente y que se daban por presentados.

El ver como Eric (ahora en vez de "licántropo" u "hombre lobo" al chico le llamaría Eric... O no, mas bien pensaría en él como "Eric, el que siempre gobierna") iba aprovisionándose de comida robada le hizo pensar. El chico se estaba avituallando para irse.

Eón sintió como se le oprimía el corazón con algo de pena mientras le seguía con la mirada.

¿Ya tan pronto había terminado esa aventura? ¿Y ahora qué? ¿A volver a su habitación y mañana a las clases de Aritmética como si nada? Eón no podría olvidar esa primera experiencia social nunca. No. No quería que terminase.

Y negó con la cabeza una vez, sin que el otro le viese, para aceptarlo él mismo.

Eric comenzó a caminar, al mismo tiempo que Eón se colocaba bien el pijama, se abrazaba bien fuerte a su oso y empezaba a seguir sus pasos con aire cabezota. Cuando el otro se giró, tenía a Eón casi rozándole el cuerpo con la nariz y con sus ojos fuertemente clavados en su cara, sin mostrar expresión algúna.

-Um, Eón (Eón le sonrió, feliz de que el otro le llamase por fin por su nombre). Me voy. Vuelvo a…("¡Al bosque!") Bueno, voy a salir y no volveré ("...") ¿vienes?-Eón parpadeó.

No era eso EXACTAMENTE lo que tenía en mente. Eón maquinaba que podrían aceptar al chico en el centro como otro interno más. ¡Y a ser posible podrían dejarle cerca de Eón! ¡Y podría terminar de enseñarle a leer! ¿Y podría enseñarle a tocar el piano? ¿O el violín, como él?

"Piensa Eón, Piensa. Es un ser salvaje..."

Los seres salvajes vuelan libres, corren por el campo colmillos por delante, cruzan los cielos alas extendidas o surfean por los mares con gráciles movimientos de cuerpo. No estaría bien que cayesen en manos de un científico como Saddler.

Veamos. Entonces tendría que ser él el que se habituase al nuevo mundo salvaje. Eón se puso a contar pros y contras.

Pros de la opción "V.H.L.L.E.R.C" (Vida Hombre Lobo Llamado Eric Recientemente Conocido):

-Una nueva aventura con la que romper la cristalina monotonía del Centro.

-Un nuevo amigo.

-Nuevas experiencias y trabajo de campo en un entorno salvaje.

-Nuevas posibilidades de estudio de: Medio, Animales y Comportamiento de Criaturas Especiales.

Contras de la opción "V.H.L.L.E.R.C":

-Lejos de la civilización.

-Posibles problemas para conseguir comida (Dependía de un hombre lobo que se peleaba con las neveras).

-No podría leer ni seguir entrenando su cerebro con la eficacia demostrada hasta el momento.

Eón parpadeó.

-...-

Eón parpadeó dos veces.

-...-

Eón arrascó su osito, parpadeando.

"Me voy con Eric" decidió al final. Y asintió de nuevo, sonriente y dándole pequeños latigazos a la piel de Eric con su pelo.

Se dispuso a seguirle NO SIN ANTES tener en cuenta un pequeño detalle. Tiró de su mang... de su brazo, pues si tiraba de los pantalones vería más de lo necesario para llamar su atención.

Alzó ante él una mano totalmente abierta, asiéndola repetidas veces en un signo que quería indicar que esperase. Salió de la cocina sacudiendo su cuerpecillo y gesticulando para que le siguiese.

Bueno mira llegados a ese caso, lo mejor sería tomarle del brazo y adiós.

Y así lo hizo.

Eón le tomó de la muñeca y comenzó a corretear por los pasillos con una sonrisa y cargando con fuerza al Hombre Lobo, que casi iba arrastras. Un par de escalones, un piso, dos escaleras, tuerce a la izquierda, baja dos escalones, toma el ascensor (Eón sonreía moviendo las plantas de los pies con felicidad. ¡Oh! ¡Estaba subiendo en ascensor con un hombre lobo!) y llegas a la planta 2º. Donde se encontraba la habitación de Eón.

Una pequeña estancia repleta de libros y dibujos desperdigados por las paredes, con el suelo alfombrado lleno de juguetes de construcción, trenes en miniatura y puzzles.

Sin importarle lo más mínimo si despertaba a nadie, abrió la puerta de un fuerte golpe, metiendo a Eric con él en su habitación y cerrándola de nuevo, pestillo primero.

Dejó al licántropo vagar por su habitación (y recuperándose del viaje) mientras que él, por su parte, se lanzaba en plancha al suelo a buscar una pequeña caja de madera de nogal bajo su cama.

Ahí estaba su vía de inspiración, su unión al mundo. Lo que usaba para transmitir y que le transmitiesen, lo que empelaba para que todos supiesen, mediante arte, lo que el misterioso Eón sentía.

Abrió la caja, sacando un precioso violín tallado con adornos retorcidos y elegantes en su superficie, tan brillante que los rayos de la luna casi resplandecían sobre él.

Se giró iluminando el cuarto con una sonrisa llena de alegría, con el arco en una mano y el violín en la otra, aún aferrando el osito. Dio dos toquecitos al instrumento y se lo mostró a Eric.

Tras girarse, mirar la habitación una última vez, levantar su manita y agitarla ("¡Adiós cuarto!"), dio unos pasos hacia él se pegó a su cuerpo, esperando.

Oh, espera, se olvidaba de algo. Desandó el camino con el instrumento y el osito en la mano hacia unos cajones en el otro extremo, y tras abrirlos, sacó un bote amarillo con letras negras que decía "Mercromina". Regresó.

Tiró del brazo de Eric, doblándole por la cintura y dándose los dos un sonoro cabezazo. Eón apartó la cabeza, sacudiéndola, frotándose la zona y mirándole con los ojos entornados ("Serás bestia..."). En fin, lo importante era que ahora la persona que iba a cuidar de él estuviese a salvo, con lo que Eón también le cuidaría.

Le untó unas gotas del líquido desinfectante en el lugar donde antes se había metido semejante galleta, y tras remover la zona un poco con su propia mano, cerró el bote, lo tiró al suelo, le dejó enderezarse y se pegó a su cuerpo de nuevo, sonriendo con gesto angelical.

Ya podían irse.
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Eric

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MensajeTema: Re: Pasillos   Mar Jul 22, 2008 2:47 pm

Le asió con fuerza de la muñeca y echó a correr, arrastrando a Eric con él por aquel laberinto de pasillos en los que todos eran iguales, sin tiempo a reaccionar, nada más que a correr. A correr por todo el centro en busca de algo que ni él sabía lo que era, sin detenerse ni para cerrar la puerta de la cocina.

Hasta que se detuvieron en otro nuevo cacharro metálico, el cual abría las puertas sin necesidad de hacer nada más que pulsar un botoncito que se iluminaba, con una luz roja. En cuanto se separaron las plaquitas (…) de metal, entró el primero, desesperado por volver a subirse en una de esas cosas.

Nada más entrar se fijó en el espejo, donde un chico con unos ojos férreos le devolvía la mirada. El muchacho estaba delgado, medio desnudo, con los pantalones justamente frenados para que no se le viese nada en presencia de Eón, el cual era bastante más pequeño que él. Y a pesar de acabar de salir del río, donde había dejado a Kalén, volvía a estar sucio, debido a andar arrastrándose y correteando por entre los árboles.

Hasta que volvieron a separarse con un suave ruido, saliendo él el primero, de nuevo, mirando desorientado los pasillos, aún algo confuso del viaje en el sube y baja. Le gustaba ese cacharro.

Y sin más Eón volvió a salir disparado, abriendo una puerta con su trozo de papel lleno de cosas metálicas. Aquello parecía ser una especie de llave mágica que abría todas las puertas, puesto que también lo había hecho con la de la cocina.

El niño se fue directo a un punto en concreto de su habitación, mientras que Eric lo que hizo fue acuclillarse frente a los juguetes de construcción. Un montón de cubos de madera, con letras de colores dibujadas a los laterales, observándolas con la cabeza ladeada.

Frunció el ceño y, con una sonrisa, cogió (no sin antes pararse a buscar) una E. Rebuscó por entre los cubos una R, hasta dar con ella y colocarla junto a la primera. Y justo entonces escuchó unos tenues ruidos, lo suficiente audibles como para que el hombre lobo alzase la cabeza para observar a Eón, el cual le mostraba un precioso violín.

Le sonrió, era bonito. Suponía que aquello significaba que se iba con él. Volvió a concentrarse en buscar una I, justo cuando la encontró, el niño le tiró de un brazo, doblándole la cintura y haciendo que se dieran un sonoro choque las dos cabezas.

Gimió, llevándose una mano a la suya propia, frotándosela para aliviar algo el dolor. Que disminuyó bastante cuando Eón le echó aquel líquido, dándole un leve masaje para hacer que se fuese. En cuanto terminó volvió a girarse a buscar una C, encontrándola rápidamente y colocándola, formando ahora su nombre. ERIC.

Sonrió al verlo y miró a Eón, vale, ahora solo una última cosa más. Corrió hasta la cama, cogiendo una manta blanca y volviendo junto al otro.

Le agarró de la mano, dispuesto a marcharse de aquel lugar, pero frenándose nada más al avanzar dos pasos, delante de la puerta. Miró a Eón –… Ábrela –pidió con el ceño fruncido y en un susurro frustrado.

La puerta se abrió de nuevo con ese sonido tan peculiar como escandaloso, mostrando los pasillos, por los cuales avanzó Eric, agarrado de la mano de Eón y con algo de desconfianza, mirando hacia todos lados y esperando saber por donde tirar.

Hasta que encontró unas escaleras, por donde bajó sin pensárselo. Dobló una esquina y allí se encontró con un señor vestido de negro, con el cual se chocó, intercambiándose ambos una mirada de asombro, tan solo que la del hombre viajaba de los ojos del licántropo hasta los de su nuevo amigo.

Fue a abrir la boca, pero Eric fue más rápido y se la cerró de un puñetazo, echando a correr y arrastrando del cuerpo de Eón. Paró nada más doblar una nueva esquina, poniéndose de espaldas al niño. –Sube –ordenó con prisas, sintiendo como el leve peso de éste se concentraba en esa parte de su cuerpo.

Volvió a echar a correr, sujetando a Eón contra sí para que no se cayera, escuchando tras ellos los pasos y gritos del hombre, que seguramente se estarían escuchando en todo el centro, pero escapando Eric todo lo rápido que podía.

A lo lejos divisó una de las múltiples habitaciones, con la puerta abierta. Frenó, derrapando unos cuantos centímetros y cambiando de dirección, internándose ahora en la nueva sala, donde había una mujer de negro y un hombre en la cama.

Sin hacerles el mínimo caso a ninguno, que le miraban alarmados y la mujer estaba empezando a volver en sí y a caminar hacia la puerta con prisa, abrió la ventana. Bajó de su espalda a Eón. –Sal –le ordenó sin mirarlo, con la vista clavada en la puerta y preparado para lanzarse contra lo que le supusiera una amenaza.

Eón salió sin más problemas, y antes de que pudiese mirarlo siquiera la numerosa tropa de gente que acababa de entrar en la habitación, saltó él también por la ventana, aterrizando en el asfalto de una calle Parisina.

Gruñó al sentir como llovía. Cogió la manta que había caído en el suelo y envolvió rápidamente con ella a Eón. Lo cogió como si tal cosa, como si ahora el niño fuese el osito de peluche del otro, solo que este encajaría mejor en la categoría de cachorro.

Con Eón envuelto entre sus brazos y la manta, echó a correr, sintiendo como los de la ventana comenzaban a gritar histéricos, algunos a seguirles, hasta que consiguió internarse en el más puro centro de París, donde las calles, la gente y todo el ambiente de alrededor, consiguió despistarlos, dejando Eric a Eón en el suelo, pero cogiéndolo de la mano para que no se perdiera y por si se daba el caso de necesitar echar a correr de nuevo, caminando con la respiración algo agitada y sintiendo las lluvias resbalarle por el torso desnudo.
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Eón003

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MensajeTema: Re: Pasillos   Jue Jul 24, 2008 2:39 am

Sonrió el doble al ver a Eric mirándole con gesto amigable, y enseñando sus perfectos y alineados... eh... colmillos.

Sentía...¿Como era?.

Felicidad.

O lo que fuese la felicidad, Eón no lo sabía. Bueno, sabía que sentía algo en el pecho, como unas irrefrenables ganas de hacer lo que nunca había hecho: Hablar, gritar, chillar, alzar la voz y que cruzase todo el cielo. Sin embargo, Eón sabía que eso estaba fuera de su alcance, así que, simplemente, se quedó observando a su nuevo amigo mientras iba pensando.

¿Cómo sería el mundo exterior? ¿Sería como él lo había imaginado en sus cuentos? ¿Sería la gente más bondadosa y más sana de lo que era de puertas del psiquiátrico para dentro? Aunque no se le escapaba el detalle de que, probablemente, irían a vivir al campo. Así, tal que por las buenas, ya que iba con un hombre lobo.

Y Eón tan feliz, balanceando su cuerpecillo de delante a atrás impulsado por sus pies mientras sujetaba violín, osito y arco en las manos, pegándolos a su estómago. ¡Oh! ¡Eric estaba jugando con sus cubos! Eón lo sabía, si es que esos trastos enganchaban a cualquiera. Dio dos pequeños pasos hasta posicionarse junto al licántropo, observando su nombre.

El cerebro de Eón comenzó a funcionar, a crear, a moverse, a inventar nuevas palabras. Manos por delante se agachó al suelo sujetando los aparatos que llevaba tras el brazo, y comenzó a arrastrar cubos con los ojos clavados en los juguetes.

Recogió sus brazos hasta volver a abrazarse a sus cosas, mirando los cubos con expresión fría e indescifrable.

Extraño
Raudo
Instintivo
Coherente

Bien, veamos:

Extraño: Eric era extraño, acababa de aparecer en su vida tomándole en brazos como si fuese uno más de la camada, uno de ellos. O como Eón se había imaginado antes, una “pequeña cría de lobo plateado”. Tal vez era extraño por que al igual que el pequeño, Eric también buscaba alguien con quien divertirse o con quien pasar el rato.

Raudo: Velocidad desde luego no le faltaba. Debía poseer grandes capacidades físicas, interesantes para el estudio y aptas para recorrer toda clase de superficies. “Se ha colado él solito en el Centro… tiene que ser muy fuerte y muy rápido”

Instintivo: Sí, tal y como Eón había deducido antes. La fuerza de la naturaleza en su estado mas puro y mas intuitivo. Bien tenía que atribuirle un grado de inteligencia humana, y aunque había tenido algunos puntos que podrían denotar que Eric era un poco despistado (Eón nunca usaba con nadie la palabra “Tonto”), el pequeño seguía considerándole alguien con un gran poder de cálculo.

Coherente: Habla, modula y pronuncia a la perfección. Usa un ligero tono “Lobuno” (“¿Esa palabra existe? Creo que sí”) pero eso no le impide diccionar con claridad.

En ese momento Eón cerró un segundo los ojos, maldiciéndose por no poder hablar con él, por no poder preguntarle cosas. Por no poder decirle que se divertía. Era como siempre, el mundo de Eón se reducía a simples gestos, sonrisas o miradas, con las que transmitía todo cuanto sentía y quería decir.

Por eso equilibraba su falta de voz con una enorme expresividad en su rostro.

Suspiró, bien le había valido durante años el apelativo de “Niño de Plata”.

Eón sintió la mirada de Eric en su nuca, y aunque sabía que no podía verle, movió ligeramente sus pupilas hacia donde el licántropo se encontraba, esperando.

-…Ábrela-susurró tenuemente Eric. Eón asintió seriamente, empezando a levantarse cuando, a medio camino, se le cayeron todas las cosas al suelo con un pequeño estrépito de madera y alfombra chocando.

“Mierd…¡Jopé!”

Se agachó, recogiéndolas todas y se dirigió al muchacho ante la puerta, introduciendo la mano libre en su bolsillo y extrayendo su tarjeta mágica.

La puerta se abrió sin problemas, y allí, para Eón, comenzó al aventura.

De la mano de Eric vió pasar puertas y puertas que ocultaban las habitaciones de sus compañeros. Eón inconscientemente, preocupándose por que nada se cayese al suelo, alzó la mano, despidiéndose de ellos. Le habría encantado entrar en todas y cada una de las dependencias de sus amigos y amigas enfermos y decirles que se iba, que huía, que había desplegado sus alas y que iba a abandonar aquel infierno.

Y desearles que ojala algún día, paseando por los pasillos, se encontrasen con un hombre lobo que les salvase de las aún mas peligrosas garras de Víctor James Saddler. Pero sobre todo, suerte, sobre todo, desearles mucha suerte a todos…

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un fuerte traqueteo de ambos cuerpos. Eón giró su cabeza, topándose primero con Eric, y frente a éste, al guarda de seguridad nocturno, que les miraba con gesto desconfiado y sorprendido.

-…-

Eón le sonrió, arrascándose la nariz con un dedo con gesto soñador.

“¡Si! ¡Me marcho con él! ¡Hasta la vista señor vigilante!”

Mientras Eón pensaba en la despedida que le habría gustado otorgarle al señor, vió como el puño de Eric cruzaba el aire estampándoselo en la boca.

-………………………………….-Eón se llevó un dedo a los labios abrazando fuerte su violín y su peluche, sin enterarse demasiado bien de nada. Oye, a lo mejor ese hombre habría dicho algo interesante.

Y antes siquiera de que pudiese ver su cuerpo chocando contra el suelo, Eón volvió a verse obligado a corretear con sus pequeños pies por el suelo del Centro de Investigación Neuronal.


A medio camino, Eric paró, curvando su cuerpo e indicándole su espalda como nuevo medio de transporte. Pero a Eón eso no le hizo gracia, esa clase de acciones podrían causar lumbalgias, contracturas, desviamientos de columna, agujetas…

Se escuchó un ruido al final del pasillo, probablemente del guardia escupiendo dientes y sangre, intentando incorporarse.

-…-

Eón parpadeó, agarrando con fuerza todas sus cosas.

“Vale, subo”

Intentando hacerle el menor daño posible, Eón se cargó a la espalda, abrazándose a su cuello osito y violín en mano, anda que desde luego, le habría salido mejor llevarse el dichoso estuche. Apoyó la barbilla en su hombro para observar mejor, escrutándolo todo con sus ojos de plata líquida.

Los ruidos aumentaban, las luces se encendían, el Centro Neuronal se despertaba lentamente en torno a ellos.

“Como un inmenso dragón intentando proteger su tesoro…” imaginó Eón con orgullo. Sus aventuras de caballeros y monstruos se habían convertido en una pura realidad, tan tangible como el resto de todo lo que es real. Eric derrapó, entrando en una habitación en la que había una señora con pinta extraña y un señor en la cama.

Eón les miró sonriente. “¡Hola!” Se llevó un dedo a los labios, mirándoles con cara de felicidad contenida.

“Ssssh… ¡nos estamos escapando!”

-Sal-ordenó Eric tras bajarle del suelo, y Eón no se lo pensó dos veces, elevando un pie y saltando el pequeño tramo de ventana. Sus pequeños pies enfundados en lana blanca tocaron con el duro suelo de las calles de París. Del mundo exterior.
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Ángel G. Evans

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MensajeTema: Re: Pasillos   Lun Ago 04, 2008 6:44 pm

Había comenzado tambaleándose, pero, ¡coño! Sabía mover cualquier tipo de avión, ¿no iba a poder con una moto? Y muy a pesar del miedo que le daba el vehículo, acabó por conquistarlo, sin sentir otra cosa que no fuese la terrible necesidad de ir a por Scary.

El viento le daba directamente en la cara, ni se había puesto el casco. No podía perder tiempo intentando buscarlo por el hueco que había bajo el asiento, ni tampoco creía que pasase nada, el psiquiátrico estaba a cuatro pasos de allí, por muy grande y majestuoso que fuese el centro de París.

Con un fuerte y chirriante ruido, frenó la moto, que había cogido demasiada velocidad. La dejó como pudo sobre la acera, más o menos aparcada, aunque de malas maneras, sin ponerle el candado. Había estado maquinando un plan mientras conducía.

No podía entrar por la puerta principal y pedir directamente que le llevasen hasta donde se encontrase Scary Manson, era evidente. Así que se tendría que colar por el edificio. Y lo haría, vaya que sí.

Se volvió a meter las llaves en el bolsillo de la chaqueta, donde estaba la daga de Scary, y avanzó hasta la parte de detrás del edificio, que daba a un asqueroso callejón.

Ángel pasó con andares decididos entre la basura y los cubos volcados de la calle, llegando hasta una puerta metálica desde la cual, sin duda, se llegaría hasta la cocina. Giró el manillar, pero estaba cerrada, como bien se había imaginado. Golpeó la puerta.

Se echó hacia un lado, pegándose a la pared y procurando que no se le viese si abrían sin más la puerta. Se escucharon pasos y gente hablando. La abrieron, pero no salió nadie y volvieron a cerrarla. Ángel tocó de nuevo, cabreándose. Abrieron otra vez, esta vez, saliendo un hombre con un traje negro, con cintas blancas.

Miró de hacia la derecha… nada. Miró hacia la izquierda, ¡pum! Topetazo en el ojo. El hombre de negro se llevó ambas manos a la cara, chillando, momento que Ángel aprovechó para bloquearlo, y, de un solo golpe, dejarlo tirado en el suelo, inconsciente.

De ser posible, Ángel no mataría a nadie, tan solo haría padecer un terrible dolor, en caso de haberle cabreado, o lo dejaría inútil por unos momentos. Pero, llegado a ser necesario, podría matar para sacarlo de allí.

Se internó en el edificio, sacando mientras tanto la daga del bolsillo, preparándose para atacar o amenazar con hacerlo. En la cocina no había nadie. Debía de haberse marchado la otra persona que acompañaba a aquel hombre.

Salió de la habitación, mirando antes con cuidado, viendo que estaba totalmente vacío. Caminó por un largo pasillo repleto de puertas idénticas unas de otras, parecía no terminar nunca. Hasta que escuchó pasos. Alarmado, buscó algún lugar donde esconderse, una puerta abierta, una mesa, un algo pero sin haber nada.

Alzó la mirada, los pasos cada vez se oían más cercanos. Arriba se encontró con el conducto del aire acondicionado, el cual era lo suficientemente grande como para que cupiese. Gracias a Dios por estar tan delgado.

Estaba demasiado alto, con un simple salto no alcanzaría. Se pegó a la pared contraria al conducto, con la daga entre los dientes, corriendo hacia la otra, pegando un pie en la pared y agarrándose a las rejas, quedándose sin pisar el suelo.

Se agarró con la otra mano a uno de los muchos tubos que recorrían el pasillo, siendo este de los más grandes. Se agarró con las dos manos, comenzando a balancearse y a impulsarse con los pies, hasta que pudo dejar ambas piernas enroscadas en él. Se soltó de manos, asemejando un chimpancé de circo haciendo su truco maestro.

Estiró los brazos, agarrando la rejilla. Cogió con una de las manos la daga y, con la punta, comenzó a desenroscar tornillos, destapando el conducto. Su primer impulso fue la de tirarla al suelo, pero se contuvo. Nadie podía saber que Ángel andaba por ahí.

Así que metió la rejilla por el hueco, sin hacer ruido, y llevando sus manos hasta allí, como andando a cuatro patas, pero con las piernas aún el tubo, esperando a estar lo suficientemente dentro como para no tropezar al soltarse.

Cuando se lo pareció, se soltó de piernas, corriendo a meterlas en el conducto, pues estaba escuchando los pasos (y también la conversación) demasiado cerca. Se quedó quieto, estirándose cuan largo era en el pequeño hueco que había, esperando a que la gente se fuese para empezar a moverse.

Las voces y los pasos se fueron extinguiendo poco a poco, colocando de nuevo Ángel la rejilla para no levantar sospechas y comenzando a reptar por aquel lugar.

Al poco de haber avanzado, se encontró con miles de posibilidades por las que seguir, sin terminar de decidirse por cual hacerlo. Aprovechó la anchura de ese tramo del conducto para quitarse la chupa, la cual le estaba haciendo sudar.

Desde esa posición escuchó unos ruidos. Frunció el ceño, mirando hacia el tercer pasillo que se abría paso ante él, desde donde provenían los sonidos. Caminó, arrastrando la chaqueta y con la daga aún entre los dientes, a cuatro patas en busca de algo que ni él sabía qué era, esperando que eso le condujese hasta Scary.

Se encontró con que, a un lado de las paredes de aluminio y yeso que lo encerraban, había unas rejillas, las cuales quitó con total facilidad. Se asomó un poco, observando a un hombre enorme, que miraba de frente la cámara de seguridad que había en una esquina, directamente enfocándolo, y de paso a Ángel.

Frunció el ceño, escondiéndose. Vale, tragó saliva, a la de tres. Una… dos… y…

Sacó ambas piernas, flexionándose un poco, dejando de lado la chaqueta y la daga, y dio una fuerte patada a la cámara, reventándola y dejándola colgandera de unos pocos cables que la hacían bailar.

El hombre se giró alarmado hacia el lugar del que había provenido aquel ataque, encontrándose de nuevo con la pierna de Ángel, que le hizo tirar el arma que llevaba en la mano.

Se atrevió a bajar su cuerpo un poco más, sosteniéndose con las manos y dejando todo lo demás libre, empotrando al tipo aquel contra la pared con toda la fuerza de sus piernas.

Dejó una rodilla apoyada sobre su hombro, haciéndole presión, y con la suela del zapato del otro pie pegada a la frente del tipo. –Buenas noches –saludó con las cejas alzadas, con el pelo rubio cubriéndole casi al completo el rostro, aún así dejándole visión.

El tío se le quedó mirando con odio contenido, fue a abrir la boca, con lo que Ángel le dio una patada en la frente, haciéndole daño y empotrando de nuevo su cabeza con un fuerte sonido hueco. –Aquí se habla cuando yo lo diga –dijo con el ceño fruncido y una ligera mueca de asco, mientras sentía que las manos se le iban resbalando, que no aguantaría mucho más.

El otro, simplemente, se dedicó a observar la figura del rubio, alerta, preparado para actuar, aún a sabiendas de que Ángel podría esconderse y él no iba armado. Y, un movimiento en falso, y patada en la nuca.

-¿Dónde está Manson? –preguntó con voz firme. Sabía que si le llamaba de Scary no obtendría respuesta, puesto que los otros lo habían llamado, o bien 001, o bien de ese modo.

-¿Y a mí que coño me dices? –respondió el otro con la voz asqueada.

Ángel bajó la suela que tenía en la frente del otro, clavando la rodilla en el otro hombro y apretando con ambas el cuello del vigilante, casi asfixiándolo, sin el casi.

-He-preguntado-que-dónde-está-MANSON -Repuso con la voz cargada de odio, a cada palabra apretando con mayor fuerza, hasta que el otro se puso rojo. –Contesta.

-Que… que no lo sé.

A Ángel no le gustó esa respuesta. Volvió a apretar, hasta que el otro acabó por hablar solo.

-¡CELDA 001! –Gritó casi sin voz. Viendo que Ángel volvía a abrir la boca, siguió –Está en la última planta, la novena.

Deshizo el abrazo, satisfecho. Sin embargo, antes de volver a subir a los conductos de ventilación, le dio una nueva patada, ahora en el cuello, esta vez derrumbándolo en el suelo. Seguramente lo había matado, no lo sabía, pero de haberlo hecho tampoco le habría importado. Lo primero era encontrar a Scary.

Volvió a meterse, a coger la daga y la chupa, y a seguir avanzando, dispuesto a ir hasta la novena planta y encontrarlo.
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MensajeTema: Re: Pasillos   Lun Ago 04, 2008 8:40 pm

-¡Arriba las manos! ¡Ahora!

Scary sonrió, apacible y condescendiente ante el mero hecho de que alguien le diese una orden, y creyese insulsamente que él iba a obedecer.

Los "insulsos" eran una pareja de guardias, hombre y mujer, que le miraban apuntándole con armas de fuego cargadas con más de esos deliciosos dardos cargados de droga, droga a la cual el cuerpo de Scary se había acostumbrado ya demasiado.

Ambos habían encontrado al espécimen 001 caminando alegremente por el pasillo de la noven planta, hablando solo y contestándose a sí mismo, así como desvariando acerca de ángeles y demonios.

El asesino no hizo ni un solo movimiento de su sitio, simplemente, les miró.

-Si quiere matarnos-comentó la mujer muy en bajo, solamente para su compañero, aún clavando la mirada en Scary-lo hará, y a no ser que actuemos rápido...¿Me estás escuchando?-giró la cara hacia el hombre, desatendiendo al huido durante tan solo dos segundos.

-Mucho me temo que tienes razón...-contestó una voz detrás de su compañero, una voz ronca y profunda cargada de odio. La soldado dio un paso atrás, asustada al ver aparecer por el pecho del hombre algo parecido a las puntas de unas afiladas uñas blancas-...demasiada...-

Scary, tan solo durante los dos segundos que habían apartado la vista de él, había deslizado todo su ser por la distancia casi sin que le percibiesen, posicionándose tras el soldado y clavándole los dedos en mitad de la espalda. Ahora mismo su mirada color granate sobresalía por el hombro, junto al rostro muerto y con los ojos en blanco del fallecido que sostenía. Su mirada casi transmitía paz.

La mujer chilló histérica perdida y se puso a disparar dardos directamente hacia el lugar en el que se encontraban víctima y cazador, siendo el último más listo que ella y escondiendo su cuerpo tras el cadáver. Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de los dardos silbando en el aire y clavándose en la muerta piel del hombre, y el gótico casi podía escuchar a la munición descargando su veneno en el interior del organismo.

Al cabo de un rato ese ruido fué sustituído por otro, en el que solo se escuchó el ruido del gatillo nerviosamente apretado y los gemidos angustiados de la portadora del arma, que intentaba inútilmente disparar unos dardos de los que ya no disponía.

Todos estaban clavados en su compañero.

-¿Se te han acabado ya?...-preguntó una irónica voz tras el muerto. La mujer se quedó anonadada mirando las uñas que aún sobresalían del pecho del hombre, observando con estupor como ese pedazo de carne se desprendía en un asqueroso sonido de costillas y músculos rotos.

Apartó la cara con una horrible mueca de asco, viendo como ese pedazo de carne se hundía hacia dentro, dejando un gran agujero.

El cadáver cayó al suelo, dejando ver a Scary con ese enorme trozo del cuerpo muerto en el suelo en su mano. Sin mirarla siquiera, le dio un gran mordisco, triturando la piel y los músculos entre los dientes y tragando elegantemente.

-Ciertamente he examinado todo esto, y he comprobado que los justos y los sabios y sus obras están en las manos de Dios...-se tragó el resto de un solo mordisco. Y comenzó a caminar hacia la mujer con tranquilidad. Ésta, muerta de miedo, intentó correr, al parecer no quería escuchar ni un versículo más.

De un salto Scary la cortó el paso, gesto al cual la mujer respondió intentando dar la vuelta y correr hacia otro lado. Nuevo salto y de nuevo le cortó el paso, esta vez sujetándola del cuello y estampándola contra la pared. La soldado intentó zafarse colocándole una mano en el cuello al gótico, sabiendo que gustaba de lanzarse a arrancarles la yugular a los pobres que caían en sus manos.

-El hombre no conoce ni el amor ni el odio, y ambas cosas son a sus ojos...-alzó su mano libre, tomando a la mujer por la muñeca, la cual quebró hacia el lado contrario destrozando los tendones y los huesos de un solo movimiento-...vanidad...-se escuchó por encima de sus gritos de dolor.

Scary sonrió de una forma que todos sus rasgos se hicieron mas hermosos, mas atractivos y mezclado son su sombrío aspecto, como un demonio dotado de una belleza física sobrehumana.

-He perdido en el horizonte el brillo de mi Ángel... ya no puedo seguirle... y...-compuso un gesto triste, amargo-...le necesito... lo necesito a mi lado... ¿Me ayudarás a encontrarle?...-le preguntó a la mujer.

Ella no negó, ni asintió, simplemente no respondió. Estaba tratando con un enfermo oculto bajo siete llaves durante toda la historia del Centro, aquél chico de tan solo 20 años era leyenda, y ahora estaba frente a ella, recitándola.

Scary perdió un poco los estribos, que no su pose.

-Así hará el que teme al Señor... De sus...-continuó Scary, levantando la otra mano, esta vez hacia su codo.

-¡Te ayudaré!-chilló la chica antes de que fuese demasiado tarde. Scary cerró sus ojos en una pequeña inclinación.

-Sabia decisión...-abrió los ojos, clavándole a aquella mujer la mirada-...¿podrías llevarme a la sala de las cámaras de seguridad? Tal vez desde allí pueda divisarle...-acarició su cara con un dedo acabado por una larga y afilada uña-...y yo se que mis deseos son, por tu bien, misiones...-

Pasearon durante unos minutos por las entrañas del centro sin encontrarse a nadie. La mujer temblaba de pies a cabeza intentando encontrar la forma de escaparse, pero no había salida, todo estaba cerrado, y no podía hacer más que seguir el credo del psicópata Manson, pues a una leyenda era mejor no provocarla.

Scary sin embargo caminaba con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa que dejaba ver las puntas de sus dientes. Imaginando el calor de Ángel de nuevo junto a él, su sonrisa, sus ojos, lo que fuese, le daba igual... Se hurgó un colmillo con la uña, rasgando el aire con un desagradable chirrido. Le necesitaba tanto que realmente le sorprendía el siquiera seguir respirando sin estar cerca de él.

Pero le presentía.

Él estaba ahí, desplegando sus alas en el vuelo hacia su rescate. Scary esperaba posado sobre su roca, con las alas rotas, magulladas y recostadas sobre el suelo con un brazo en alto. Como una hermosa estampa de cuadro victoriano.

Casi sin percibirlo, respiró con romanticismo.

Finalmente entraron en una gran habitación con sus cuatro paredes totalmente rodeadas de pantallas y un gran cuadro de mandos en el centro.

-Actívalas...-se giró hacia la chica-...todas... quiero verlo absolutamente todo...-

-De acuerdo...-

La soldado obedeció con un leve asentimiento, con los ojos enrojecidos por la gran presión que estaba siendo obligada a soportar. Tras unos pequeños toques de control aquí y allí, las pantallas fueron encendiéndose una a una e iluminando el cuerpo del gótico, reluciente como una estrella.

-Gracias...-musitó.

Una vez todas las pantallas estuvieron brillantes y emitiendo imagen, Scary se giró a la mujer, sujetándola por los hombros.

-Dios sabe lo difícil que es para alguien novato el tener que enfrentarse a tan temprano tiempo a alguien superior a él...-respiró, pegándola un poco a su cuerpo.

La mujer, pensando que cualquier acto opcional igual era peor, se dejó-...pero también sabe lo que se divierten los soldados y cuidadores como tú torturando, apalizando y destruyendo poco a poco a base de picotazos de acero la moral y el cuerpo de vuestros residentes...-la mujer intentó soltarse del abrazo, en vano. Scary era varias veces mas fuerte-...quemando las alas de los ángeles que sueñan bajo este techo... y... va siendo hora de que al menos uno de esos ángeles alce sus alas al cielo buscando... redención...-clavó las uñas en su espalda con fiereza, atravesando la piel y haciendo que la mujer gritase totalmente alterada y dolorida-...por desgracia para ti, eso ya... es algo que tendrás que observar desde lo más alto...-

Abrió mucho su boca y sus ojos, destellando la primera en color plata y los segundos en color granate, hundiendo con fuerza los colmillos en el cuello de la soldado y tirando hacia atrás, sesgando el grito de golpe y cuantos tendones y músculos encontrasen sus dientes.

Terminó por arrancar no solo la mitad del cuello, sino que la piel se desprendió arrancando un gran pedazo de cara, dejando el resto en carne viva.

El cadáver cayó al suelo con un ruido sordo, sangrante.

-...O desde lo más bajo...-pronunció, masticando el pedazo de carne después.

Bien, ahora lo mas importante era encontrar a Ángel, le sentía, sentía su presencia, y la visualización de las cámaras le orientaría. Pasó unos segundos mirándolas todas mientras masticaba distraídamente el cadáver apoyando la mano en un sillón central fijado al suelo.

-Dónde estás... dónde... dónde...-finalmente perdió los estribos, clavando los dedos en el sofá, arrancándolo de cuajo y tirándolo hacia atrás- ¡DÓNDE!-bramó con la boca llena de sangre.

Finalmente lo vio, alguien rubio, vestido con su ropa y con su puñal.

Scary observó esa cámara con una sonrisa creciente en sus labios, ahora ya si mostrando sus dientes de tiburón en su totalidad. Ahí estaba, tan hermoso y celestial como siempre.

Alzó una mano, tocando esa pantalla con la punta de los dedos y con los ojos entrecerrados, con todo el amor que sentía desbordante en ellos.

-Mi Ángel...-repitió con voz de poeta. Ángel, que parecía sentir que le observaban, destruyó la cámara de una patada, acentuando la sonrisa de Scary y haciendo que sus ojos se abriesen en una mueca casi histriónica.

Su corazón estallaba de felicidad al ver esa inmensa muestra de vigor disparado. Había cruzado París, arriesgado su existencia entrando en un nido de locos e incluso con su propia ropa se había colado como el mas inteligente de los seres por los conductos de ventilación, para salvarle.

Puso ambas manos en la pantalla, ya apagada y sin emitir ninguna imagen, y depositó un pequeño beso sobre el cristal, manchándolo de sangre.

-Te quiero...-dijo para sí mismo.

Giró su cuerpo, cruzando los brazos tras su espalda y saliendo de la zona de vigilancia en la que se encontraba profiriendo una risa demente, una carcajada oscura y triunfal. Levantando un pié para no pisar al cadáver sin cuello ni rostro, con gestos elegantes de erudito, cruzó el lugar de camino a los pasillos de la novena planta que acababa de dejar atrás.

Con el aire de un ángel negro que, con o sin alas, encontraría al gemelo que necesitaba para poder volar.

_________________
Ángel de luz, ardiendo, ¡Oh, ven!
y con tu espada incendia los abismos donde yace
mi subterráneo ángel de las nieblas..

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Ángel G. Evans

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MensajeTema: Re: Pasillos   Lun Ago 04, 2008 11:37 pm

Endemoniado conducto, con su endemoniado y minúsculo tamaño, con todos los endemoniados grados que se podrían cocer ahí dentro.

Ángel seguía en el conducto de la ventilación, avanzando a duras penas por la pendiente que había ahora, y cuando no era reptar por una cuesta, era haciendo zigzag, pero el caso es que le faltaba poco para morirse ahí adentro.

Eso sí, ¿cómo se suponía que sabía que había llegado a la novena planta? Porque puede que el conducto terminase antes de llegar, o que siguiese su camino hasta la azotea, o a saber. Ángel solo sabía lo muchísimo que estaba andando.

Pero es que no podría rendirse, sencillamente, le sería imposible. Mientras iba avanzando, todo el rato, iba pensando en lo muchísimo que echaba de menos a Scary, suplicando que estuviese bien y que lo encontrase en su habitación.

Suponía que estaría marcada la puerta. Tal vez pusiese su nombre, quizá solo Manson, o era posible que pusiese 001. No lo sabía, pero si hacía falta, abriría todas y cada una de las puertas de la planta hasta dar con él.

Y no descansaría hasta salir del centro junto a él.

Para su sorpresa, se fijó en algo que antes no había visto. En el techo de aluminio, pintado en negro (que posiblemente hubiese sido cosa de la oscuridad el hecho de no haberlo visto, aunque quizá fuese en que tampoco se había parado a mirar atentamente, puesto que caminaba con toda la prisa que podía, cada vez sintiendo más cerca a Scary y sin saber porqué), había un enorme siete.

Y, pensó esperanzado, posiblemente señalase la planta en la que se encontraba el rubio en esos momentos.

Para asegurarse de ello continuó avanzando, más deprisa, a cuatro patas por la empinada cuesta, agarrándose con fuerza a las lisas paredes para no caer hacia atrás. Se quemaba la yema de los dedos cuando hacia eso, se las quemaba y se hacía mierda. Pero volvía a medio incorporarse para continuar.

Hasta que terminó aquella asquerosa cuesta (a Ángel le parecía que a cada una que pasaba, la siguiente era más grande), recuperando un segundo el aliento, con la frente inundada de sudor, y fijándose en que había un ocho.

Sonriente y recuperando las fuerzas de golpe siguió con su camino, casi corriendo a cuclillas esta vez, otras de nuevo a cuatro patas, reptando y haciendo toda clase de movimientos para no cansarse y parar a recuperar el aliento. Se estaba acercando, ya no tardaría en encontrarlo…

Ya se estaba terminando la cuesta…

Con un suspiro, cargado de felicidad, con una enorme sonrisa en el rostro que dejaba ver todos sus dientes, colmillos por delante, y sintiéndose enloquecer, pero obligándose a calmarse y a mantener de nuevo la cabeza fría para encontrarlo, llegó a la novena planta.

Avanzó un poco, con el enorme nueve vigilándolo desde lo alto, asomándose a cada rejilla que encontraba, observando los pasillos, intentando leer lo que rezaban las placas de las puertas, buscando la de su ángel.

Comenzaba a desesperarse. Se arrastraba como alma que llevaba el diablo hasta el siguiente hueco, buscando desesperado, con el corazón en la garganta, sin encontrar nada. Suspirando, abatido, y volviendo a avanzar hasta la siguiente, para de nuevo encontrarse con que no estaba. Y así hasta cinco veces.

Sabía que quedaban pocas para de nuevo encontrarse con que la planta nueve se acababa, y de paso con que no estaba en ninguna en ella.

Avanzó, ya casi sin esperanza, buscando desesperado la plaquita que rezase su nombre. Pero, en lugar de eso, se encontró con una voz ronca y triste, una voz que estaba recitando poesía, llamando anhelante a su ángel. Una voz que conocía bastante bien.

Le invadieron los nervios y no fue consciente de lo que hacía, que en esos momentos no era otra cosa que golpear la rejilla con el hombro, intentando deshacerse de ella. Exasperado, y tras haberlo intentado varias veces (y escuchando la voz de la que se había enamorado alejarse) golpeó por última vez la barrera que lo separaba de él.

La rejilla cayó al suelo con un estrepitoso golpe, cayéndose junto a ella medio cuerpo de Ángel, el cual agarró rápidamente una manga de la chupa (arrastrando la daga junto a ella).

Cayó al suelo con las rodillas hincadas sobre la superficie, notándolas arder bajo su peso, con la cabeza agachada y el pelo rubio tapándole el rostro, con las cosas entre las manos.

Alzó la cabeza, encontrándose con Scary. Fue instantáneo.

Se levantó de un salto, con el rostro lleno de felicidad, corriendo hacia él, esperando volver a abrazarlo y dejando las cosas en el suelo, tan solo queriendo volver a envolverlo con su propio cuerpo.

Estando ya a escasísimos centímetros de él, alargando la mano para poder llegar antes, cayó una pesada reja entre ambos, apartando Ángel rápidamente la mano para que no se la pillasen, mirando incrédulo el techo, desde donde había salido disparado aquel jodido trozo de metal, bajando después la mirada hacia Scary.

Volvió a estirar la mano, colándola por entre las rejas, con una sonrisa triste, al menos esperando ver que él si que era real, que lo era tanto como que lo volvían a separar. –Ven –susurró, aún con la mano estirada hacia él –Ven conmigo… por favor.
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MensajeTema: Re: Pasillos   Mar Ago 05, 2008 1:20 am


-Mi Ángel... sé que está cerca...-

Scary paseaba como un fantasma que camina por las instalaciones, apesadumbrado, arrastrando los pies pero con sus garras listas para ser lanzadas contra quien le impidiese recuperar al ser que más amaba.

Aún así, como si con su recital atrajese la presencia de Ángel, Scary seguía echando mano de sus amplios conocimientos en poesía para seguir marcando con su característico arte hasta aquella angustiosa situación. Le sentía tan cerca... Y aunque estuviese a miles de kilómetros, Ángel seguiría siendo un sentimiento tan cercano como profundo para el gótico, algo que no se podría quitar nunca del corazón ni de la mente. Como la primera luz que había iluminado su siniestra vida.

Amante de todo lo oscuro desde siempre, Ángel era lo primero provinente del cielo que Scary había llegado a amar con tantísima pasión, y lo primero por lo cual había quitado vidas. Antes simplemente mataba por diversión, pero en las muertes que había provocado ahora no había nada más que el deseo de hallar a su guardián otra vez. Era como si su corazón a cada latido se moviese mas despacio, al no tenerle cerca.

-Ángel de luz... ardiendo... oh... ven... y con tu espada incendia los abismos donde yace mi subterráneo angel de las nieblas...-susurró con su tenebrosa voz, doblando una esquina en un ondeo de su ropa negra-...¡Oh espadazo en las sombras!...-exclamó un poco mas alto, como actuando en un foro-...Chispas múltiples clavándose en mi cuerpo... en mis alas sin plumas... en lo que nadie ve...-suspiró-...vida... Me estás quemando vivo... vuela ya de mí, oscuro... Luzbel de las canteras sin auroras...-dobló otra esquina dejando tras de sí su voz retorciéndose en el aire, y casi en el tiempo-...de los pozos sin agua, de las simas sin sueño...ya carbón del espíritu...Sol...Luna...Me duelen los cabellos... Y las ansias...-tiró una puerta abajo de una patada con parsimonia, pisándola después de que se estrellase con un pequeño estrépito. Sin más, continuó paseando-...¡Oh! Quémame... más, mas, sí, sí, más... Quémame... Quémalo, mi ángel de luz, custodio mío... tu que andabas llorando por las nubes...-no pudo evitar imaginarse a Ángel con otro melancólico suspiro al aire, luchando espada en alto por su vida-...Tú, sin mí, tú, por mi ángel frío de polvo... ya sin gloria... volcado en las tinieblas...Quémalo, mi Ángel de luz... Quémame...-concluyó, convirtiendo su voz en un tenue hilo que terminó por apagarse.

Continuó su camino por la novena planta, pero su ángel no aparecía... ¿Por qué no? ¿Le habrían capturado? A Scary le dio un vuelco el corazón, cada vez más débil, solo de imaginar a Ángel bajo las mismas torturas que había tenido que sufrir él. Como su propio poema había indicado, él si hacía falta quebraría vacíos y abriría el cielo en dos pedazos con tal de recuperarle y de atraerle hacia él, hacia la vida que les esperaba lejos de esa aséptica casa de los horrores.

Decidido a asesinar a todo el Centro si hacía falta en pos de encontrarle, empezó a caminar algo más deprisa por el pasillo, deteniéndose de golpe al escuchar un fuerte ruido cerca del techo. Paró, mirando hacia arriba con un apacible ceño fruncido.

La tubería de ahí arriba se iba a desprender... Por Dios bendito, ¿Pero quien había ahí dentro? Algo se retorcía ruidosamente en el interior de aquel conducto que Scary miraba con ahora una real curiosidad, como si fuese una agradable función de teatro siglo dieciséis. Antes de que pudiese pensar en nada más, la tubería estalló en pedazos, cayendo de ella un hermoso ser de pelo rubio que aterrizó en el suelo con la gracilidad de un ángel (o al menos así lo vió él).

Scary abrió mucho los ojos, aflojando todo su cuerpo de la tensión y clavando la mirada en su guardián, que se había alzado majestuoso sobre el suelo para mirarle fijamente, como si Dios le hubiese enviado para bendecirle con su simple mirada.

El gótico no pudo hacer más que devolverle la misma mirada totalmente ensoñado y temblando de pies a cabeza, con una media sonrisa y los granates ojos abiertos al máximo.

-M...Mi...-empezó a decir con la voz temblorosa-...Mi Ángel...-

Ángel se levantó, corriendo hacia él con una expresión de felicidad que nadie más que él en la tierra podría mostrar al ver a Scary Manson. El gótico se lanzó hacia él corriendo y haciendo temblar el suelo, igualmente sonriente y más aliviado en ese segundo que en muchos años de vida. Justo cuando ya faltaban pocos centímetros Scary alzó una mano, decidido a sujetarle con ella y a pegarle contra si para que nada ni nadie volviese a apartarles. Para largarse de allí para siempre y volver a seguir su vida.

La suerte quiso que justo a tiempo Scary percibiese el ruido del metal cayendo en picado entre ambos, impidiéndole al gótico el abrazo que en ese mismo momento habría matado por dar y recibir. Llegó, y sin escuchar la petición de Ángel, la cual no hacía ninguna falta, Scary filtró los brazos entre los barrotes pegándole contra sí, aunque hubiese metal de por medio.

Le sujetó por el rostro con las manos, mirándole fijamente y con la boca temblando por la emoción y la necesidad que había sufrido al no haberle tenido junto a él, hasta entonces.

-Me has encontrado mi Ángel... Por qué te has arriesgado...p...podrían haberte hecho daño a ti también...eso habría sido peor que cualquier tortura...-sin contenerse ni un solo segundo más le besó a través de los barrotes, abrasándole con su aliento y lanzándolo directamente a los pulmones de Ángel, volviendo a capturar su lengua mientras movía su boca en torno a la del rubio con la máxima necesidad y sentimiento. Las manos comenzaron a acariciar el resto del cuerpo, encontrándose con los barrotes.

Se despegó de los labios de Ángel, mirándolos con el mayor odio que hubiese podido sentir jamás. Aún esos barrotes le impedían abrazarse totalmente para poseer al completo a Ángel, pero daba igual cuantos obstáculos se interpusiesen, todos irían cayendo como piezas de dominó ante Scary, ahora que había vuelto a sentir cerca al otro, ya nada le detenía.

Había recibido fuerzas, todo su organismo casi moribúndo había vuelto a funcionar.

-Apártate...-le pidió, dando un paso atrás. Soltó el rostro de Ángel en un suave roce para acariciar los barrotes unos instantes, antes de apretarlas con fuerza. Haría uso de todo su poder para doblar aquellas gruesas barras, y emitiendo un fuerte rugido de esfuerzo con la boca abierta y los dientes afilados totalmente visibles empezó a empujar.

Cerró los ojos buscando mayor concentración, sintiendo como el acero templado de aquella compuerta empezaba a doblarse en sus manos.

Solo un poco más, un último es fuerzo y volvería a estar junto a él... Junto a Ángel... Nada mas volver a pensar en su nombre, Scary aumento la fuerza del movimiento, cerrando ya los ojos, sintiendo la frente empezar a perlarse de sudor y con todo el cuerpo temblando entre los sonidos del metal chillando al ser retorcido.

Nada le impediría el volver junto a él.

-Nada-repitió inaduiblemente con voz rabiosa y oscura.

Con un último grito tan ronco y seco como un trueno, Scary sacudió sus brazos, haciendo que la compuerta de metal reventase en cientos de pedazos que saltaron por los aires antes de derramarse por el suelo como una lluvia de plata.

Descansó sus brazos unos instantes, respirando con dificultad, para un segundo después levantar el rostro y mirar a Ángel.

Sin pisar el suelo, saltó. Alzándose en el aire como un gran murciélago hasta aterrizar sobre el rubio, abrazándole fuertemente antes de chocar ambos en el suelo. Y antes de caer de espaldas, Scary ya había comenzado a besarle y acariciarle por todo el cuerpo, pasando sus manos por debajo de su propia camiseta puesta en él para no dejar sin tocar ni un solo centímetro de esa piel que le volvía loco, y cuya ausencia le había vuelto más loco aún.

Pasó un rato invadiendo la boca del rubio con la suya, colocándose entre sus piernas y pegándole a él con los brazos mientras removía todo su cuerpo, deseoso de volver a devorarle allí mismo como lo había hecho en el parque.

-Te he echado mucho de menos... y te he necesitado cada segundo que he estado sin ti...-dijo con la boca pegada a Ángel y usando su tono de poeta, faltándole manos para poder hacerle sentir todo el placer que pudiese a base de caricias o besos-...estamos juntos otra vez...ya no nos van a separar, nadie... absolutamente nadie... no dejaré que nadie me vuelva a llevar...-volvió a sellarse a su boca con otro pasional beso casi teñido de deseo incontenido-...siempre estaré contigo... te lo prometo...-dijo, totalmente seguro de cuanto decía-...te amo...-soltó, liberándose de la gran carga que le suponía el no habérselo dicho en el tiempo en el cual no le había podido mirar a los ojos para repetirlo-...con todas mis fuerzas-acabó, con una voz semejante a la que tendría un dragón lleno de rencor y furia por haberle quitado aunque solo fuese durante poco tiempo a lo que mas quería.

Volvió a enmarañarse en el cuerpo de Ángel, casi perdiendo la noción de qué parte del cuerpo era suya y qué parte del cuerpo era del rubio, pero lo mismo le daba. Ese cuerpo era suyo, y el suyo era de ese cuerpo. En el beso presionó la cabeza de Ángel contra el suelo, moviéndola con fuertes golpes de mandíbula en los que aprovechaba para internar mas profundamente su lengua en él, acariciándole con sus manos y diciendo con cada movimiento que nada volvería a separar a esos dos ángeles en cuestión.

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MensajeTema: Re: Pasillos   Mar Ago 05, 2008 7:54 pm

Al fin volvía a estar junto a Scary, y eso que no hacía ni siquiera más de cinco horas que se habían separado. Pero eso ya era muchísimo para Ángel, ya que en todo ese periodo de tiempo no había sabido si se encontraba bien, si le habían matado al descargar sobre él toda esa enorme cantidad de droga, si lo estarían torturando, si volvería a verlo… Es que no había sabido absolutamente nada.

Se pegó todo lo que pudo a los barrotes, con el cuerpo del gótico al otro lado, con el ceño fruncido al sentir más metal que piel de Scary. Alzó el rostro cuando notó sus manos entorno a él, mirándolo.

Le hubiese gustado decir “Porque no podía quedarme en el parque, escondido, sin saber como estabas”, “porque te necesito a mi lado”, “porque me da igual que me pase con tal de encontrarte” o “porque te quiero”. Pero no se vio capaz de decir nada de eso, simplemente la mano de Scary en su rostro le bloqueó por completo, sin verse capaz de articular una frase coherente en esos momentos.

Y dio gracias a que volvió a besarlo, pudiendo ocultar tras los labios de Scary la cara de idiota que tenía en esos momentos, simplemente mirándolo a los ojos. Le siguió el beso con la misma necesidad que parecía atisbar en el otro, como si lo necesitase más que el respirar.

Rompió el beso, mientras observaba Ángel como examinaba los barrotes. Le dijo que se apartase, y, sin hacerle la menor gracia, obedeció, echándose un par de pasos hacia atrás.

Desde allí observó a Scary, el cual, para sorpresa del rubio, intentaba doblar los barrotes. Una sonrisa fue creciendo en el rostro de Ángel, ilusionado, sabiendo que hacía eso para que se volviesen a fundir en un abrazo, esta vez uniendo sus cuerpos al completo, sin que nada se interpusiese entre ellos.

No se perdió detalle del momento, notando, con la respiración comenzando a agitarse, como iban dando de sí, como los estaba doblando, con el rostro de esfuerzo y el sonido del acero rasgarse martilleándole los oídos.

Al escuchar ese “nada”, tan oscuro y lleno de furia, se pudo imaginar a que se refería, entreabriendo la boca sin querer, mirándolo cada vez más excitado y con la respiración más agitada, deseando volver a devorarlo allí mismo, pero sin querer terminar de observar esa escena. Con el grito es que, directamente, le dio un vuelco al corazón, mirándolo mientras le palpitaba desbordado, sin hacer ni caso a la lluvia de acero que caía en torno a ellos, teniendo ojos tan solo para vislumbrar a Scary.

Lo último que vio fue una mancha negra tirarle al suelo, capturándole los labios y rodeándole con los brazos. Después de eso, solo cerró los ojos y se dejó acariciar, y acarició, sabiendo que el único cuerpo que podría estar sobre él no era otro que el de Scary.

Cuando se coló por entre sus piernas jadeó en bajo ante el roce de ambos cuerpos al completo. Le envolvió entre sus brazos, siguiéndole el beso con toda la pasión que acababa de despertar en él al haberlo visto.

-Yo a ti también –jadeó con la respiración agitada, mientras se movía bajo el cuerpo del gótico, intentando llenarlo de caricias, devolviéndole todos los besos que recibía y más. –No dejes que lo hagan –susurró contra su boca, con su frente unida a la de Scary, mirando con los ojos entreabiertos sus labios, con una mano enredada entre su pelo y la otra en su espalda, agarrando con fuerza la camiseta.

Al escuchar de nuevo lo que tanto anhelaba oír de boca de Scary, se lanzó a por sus labios, apresándolos en un pasional beso, examinando su interior a fondo, sintiendo que se iba quedando sin aire pero sin romperlo, sin permitir separarse otra vez de él, temeroso de que volviesen a llevárselo.

Pegó la cabeza al suelo notando como, a cada intenso movimiento que realizaba el gótico en ese beso, chocaba contra la superficie, dándose suaves cabezazos, pero ni aún así, ni aunque le fuesen a reventar ahí mismo los sesos, se separaría.

Comenzó a descender una mano, metiéndola bajo su pantalón, acariciando su trasero, empujándolo un poco contra sí y volviendo a jadear, con todas las ganas del mundo de que volviesen a probar sus cuerpos, de que de nuevo hiciesen el amor allí mismo, en el suelo de un psiquiátrico.

Rompió el beso, mirándolo con todo el amor que sentía –Yo también te amo –dijo con la voz algo entrecortada, mientras no cesaban las caricias –Y que no se te olvide nunca –terminó, mordisqueando sus labios, humedeciéndolos hasta volver a probar el interior de su boca.

Bajó los besos por la mandíbula y la garganta, parándose ahí, dejando la nariz y los labios pegada a su piel –Nunca –volvió a repetir, esta vez más para sí que para Scary. Depositó un suave beso, antes de ladear la cabeza y hundir sus colmillos en el cuello, llevándose la sangre a la boca, bebiéndosela con necesidad y con los ojos cerrados, de nuevo disfrutando aquel dulce sabor.

Desclavó al poco tiempo sus colmillos, besando y lamiendo la zona herida, limpiando la sangre que volvía a salir, curándosela con sus propios labios. Aprovechó y, ya que estaba por debajo de su boca, continuó el descenso, hasta llegar al cuello de la camisa del pijama.

Mordió la tela, tirando de ella hacia un lado, desabrochándole los dos primeros botones, con el torso a medio descubrir, dejando a la imaginación. Aunque Ángel no tendría que recurrir a ella, pues bien conocía ya el cuerpo del otro.

Cubrió con besos la piel que tenía descubierta, suspirando de vez en cuando, saciando la necesidad que había tenido durante todo el rato que había estado sin él, tomándose la recompensa más dulce y deliciosa tras haberse colado en un centro de colgados, avanzando por el conducto de ventilación, reventado cámaras, hiriendo gente y demás, solo para poder cobrársela junto a él.

Le dio un último lametón a su pecho, terminando en un beso, y subió por él, acariciándolo con su nariz y depositando de vez en cuando uno pequeño y casi insonoro, hasta llegar a sus labios, dejando otro ahí, con una sonrisa, y ladeando la cabeza, dejando su cuello al descubierto.
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MensajeTema: Re: Pasillos   Mar Ago 05, 2008 9:25 pm

De todos los pobres desgraciados, perturbados y dementes que cayeron en manos de Saddler con el fin de convertirles en perfectos mediante el ambicioso Proyecto Sclera, solamente sobrevivieron tres: Uno de ellos era un pequeño muchacho que parecía bruñido en plata, cuya inteligencia y genialidad no parecía alcanzar límites humanos, un muchacho que no sabía hablar. Otra era una dama prácticamente inmortal e indestructible mediante enfermedades, cuya piel rozaba la temperatura del hielo y posteriormente amnésica.

Pero ninguno atrajo la atención del Director del Centro tanto como el misterioso Manson, un muchacho salido de las profundidades de la Alemania más obsesiva, totalmente corrompido por su propia locura, capaz de devorar a otros congéneres, con un cerebro tan retorcido que poseía manías como las de darles a sus víctimas el privilegio de escuchar hermosos recitales antes de quitarles la vida. Que se había afilado sus propios dientes solamente para poder llevar a cabo sus prácticas con mayor facilidad.

Enfermizo a todas luces. Sin embargo era capaz también, y Saddler lo sabía, de llevar a cabo las heroicidades (y atrocidades) mas brutales tan solo movido por el instinto del amor. Mientras que uno se guiaba vía inteligencia y otra por la salud, Víctor siempre supo que Manson se guiaba por su propia pasión, como si fuese su mayor valor moral, lo más importante.

A la cual estaba dando rienda suelta en ese momento con mayor ansia que nunca, casi conteniéndose por no morderle y comérselo de verdad, de probar su sabor y de jurarse a sí mismo que jamás le dejaría escapar ni por tierra ni por aire. Ese ángel era suyo, y había matado ya a cuatro personas, recorrido el Centro y destruido él solo una barrera de acero templado con la idea exclusiva de poder volver a abrazarle.

Dejó que Ángel le pegase más a sí con su mano en el trasero, ayudándole él con las piernas para encajarse totalmente en su cuerpo y poder apretarle más contra sí sin dejar de morderle y besarle entre gemidos de placer y de deseo contenido. La forma de devorarle de Ángel estaba encendiendo toda esa llamarada de lujuria que una vez liberada a Scary le era difícil controlar en cuanto al rubio se trataba, sencillamente se había vuelto un adicto a él.

Ángel le volvió a decir cuanto le amaba, habiéndolo dejado ya bastante claro en sus actos. Frase a la cual Scary simplemente respondió devolviéndole la mirada excitada y deseosa mientras le decía tan en bajo que casi era imposible escucharle que "él también". Y sin más, continuó cobrándose el precio de haber estado tanto tiempo lejos del cuerpo de la persona que mas había conseguido querer en su vida.

Las ansias de vampiro no se podían contener, y Scary lo sabía mejor que nadie, puesto que él mismo lo había sufrido. Por eso mismo por nada del mundo detendría a Ángel en su fiero impulso de atravesarle con sus dientes para buscar su sangre. Ni siquiera gritó, simplemente sonrió mas ampliamente dejando que sus agudos colmillos acariciasen su labio inferior, con los parpados medio tendidos dejando visibles sus ojos en blanco.

Ladeó algo más la cabeza, dejando mayor espacio mientras alargaba una mano hasta hundirla en su pelo, acariciándole y dándole a entender que hasta eso le encantaba de Ángel, hasta ser mordido por él con el máximo dolor posible le gustaba. Algún que otro jadeo de goce salió de su boca sintiendo la sangre correr por sus venas hacia la herida para traspasar los labios del rubio hacia su cuerpo.

Mientras Ángel bebía, Scary apreció algo brillando en el suelo, cerca de su propia chaqueta de cuero. Algo alargado y plateado que llamó su atención, estirando el brazo sin dejar de acariciarle el pelo para tomarlo entre sus dedos. Ante él tenía a su "hermano", el puñal de casi medio metro tallado en plata, resplandeciente y con sus ojos reflejándose por encima de las letras victorianas que, grabadas en la hoja, portaban su nombre.

-Sigue... no te pares...-susurró con cariño, viendo el reflejo de sí mismo y de los labios de Ángel recubriendo el lado de su cuello del cual bebía, observando algunas gotas de su propia sangre resbalar entre estos para perderse por el interior de su camisa, visión que hizo que su ansia se disparase en ese momento. Con un rápido movimiento guardó el cuchillo en la bota de su propio uniforme y ya con ambos brazos libres le volvió a esconder en otro fuerte abrazo.

Echó la cabeza atrás dejando que Ángel comiese de todo su cuerpo si quería, como si quería morderle en todas partes además que en el cuello, Scary el dejaría hacer todo cuanto al rubio le apeteciese con su piel. Desabrochó dos botones de su camisa, sintiendo en el pecho el frío aire del lugar, amortiguado después por la lengua de Ángel recorriéndole y poniéndole ya enfermo. Todo su cuerpo temblaba bajo esa boca abierta y ávida de su piel cada vez con mas visibilidad.

El cuello de Ángel se materializó ante él, totalmente expuesto. Y durante esos segundos solo pudo mirarle, suspirando solo de ver a aquella persona esperando a ser mordida y absorbida por Scary.

No queriendo contradecir, por eso de su exquisita educación y esas cosas, se lanzó dientes por delante al abrazo del otro, pegando un cuerpo al otro y clavando los dientes con un rugido de anhelo estallando tras haber estado contenido mucho tiempo. Los incisivos atravesaron rápidamente la piel, como dos agujas, absorbiendo la sangre del otro sin parar, no podía parar, no podía contenerse y beber tan solo un poco. Él sabía demasiado delicioso, era la sangre mas sabrosa que hubiese probado jamás, al igual que el cuerpo y la personalidad, todo era lo más maravilloso del mundo en aquella persona.

Acabó por despegarse con movimientos violentos y respiraciones agitadas, con un hilo de sangre resbalando de sus labios y los ojos totalmente desbocados hacia el físico del otro. Volvió a acariciar desde el cinturón hasta el cuello de Ángel por debajo de su ropa, masajeando con pasión todas las partes y formas de la zona, girando inconscientemente su cuello para poder ver mejor su expresión.

Con pausa, el gótico se levantó sentándose sobre la cintura del rubio, lanzándole una mirada repleta de sensualidad. Y ronroneando roncamente por puro deseo empezó a desabrocharse él solo el resto de los botones de su camisa uno a uno, con lentitud y calma, haciendo que el otro sufriese aún más ante la espera de poder verle desnudo otra vez.

Prosiguió desabrochando la camisa, ya por la mitad de la abotonadura, y se mordió el labio, dirigiendo la vista a los ojos de Ángel con mayor intensidad, hasta que, finalmente, abrió totalmente los botones.

Sin separarse la camisa, tomó una mano del otro con las dos suyas, sujetándola con suavidad y posándola en su propio estómago, jadeando al sentir el candente tacto de esta en contacto con su frío cuerpo. Fue subiéndola por el vientre auto-provocándose una caricia que le estaba haciendo estallar de placer, parándola durante unos instantes en el pecho para continuar subiendo hasta el cuello, en donde el otro la sumergió en su pelo negro.

-Dime algo Ángel...-ronroneó con la cabeza inclinada hacia su mano y los ojos cerrados-...lo que sea... pero quiero oír tu voz...-

Dirigió la mano a su boca, que lanzaba entrecortados suspiros, para besarla por los dedos y humedecerlos con la lengua. Abrió sus ojos para mirarle, dejando entrever con sus actos que todo cuanto había tocado era suyo, para su disfrute único y personal.

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MensajeTema: Re: Pasillos   Miér Ago 06, 2008 2:04 am

Lo miró de reojo, viendo como él a su vez miraba su cuello, con expresión de deseo, pero sin lanzarse a por éste, haciendo fruncir el ceño al rubio, preguntándose la razón por la cual no lo hacía, hasta que sintió los colmillos de Scary hundirse en su piel con facilidad, como si estuviese traspasando mantequilla en lugar de carne y tendones.

La primera reacción de Ángel fue la de siempre, la de quitárselo de encima. Sin embargo, segundos después, pareció haberle encontrado su aquel a que le mordiese, dejando una mano sobre su cabeza y pegándolo más a su cuello, casi con ganas de que siguiese.

No sabría si decir que la explicación a esa reacción era lo muchísimo que había echado de menos el sentir los labios de Scary sobre su piel, la necesidad de saber que el otro estaba bien, habiéndose alimentado, o, tal vez, el comenzar a ver que le gustaba aquello.

Que sentía la sangre escaparse a cantidades alarmantes de su cuerpo para ir a parar al del ser al que más amaba, con sus labios pegados a su cuello y sintiendo aquellos dientes que le habían otorgado la inmortalidad junto a su ángel. Inmortalidad que, por supuesto (sobraba decirlo), equivalía a una eternidad para vivir a su lado.

Sentía el corazón de Scary palpitar desbocado sobre el suyo, con la respiración agitada, casi sintiendo también como su sangre entraba y recorría todo su ser, alimentándolo y dándole toda esa energía que pensaba gastar, de la manera más placentera a imaginar, en cuanto terminase de beber.


Desclavó los colmillos de su cuello, alzando el rostro y mirándolo, como antes ya había notado Ángel, con la respiración acelerada, con un hilo de sangre que le resbalaba por la comisura del labio, el cual, el rubio no tardó en limpiar con su propia lengua, culminándolo en un beso.

Se sentó sobre su cintura, para más excitación de Ángel, al que ya le daba igual donde estuviesen, que, con total seguridad, ese edificio estuviese lleno de personas o que se presentase allí la mismísima Virgen del Carmen a levantarse las faldas mientras les bailaba unas sevillanas

Se mordió el labio, viendo como Scary se alzaba ante él, con esa mirada repleta de sensualidad y desabrochándose uno a uno los botones de la camisa, queriendo lanzarse ya mismo a por él, pero quedándose demasiado atontado mientras observaba el pequeño espectáculo del cual tan solo podía gozar Ángel.

Tenía la respiración visiblemente agitada, cada vez más excitado, hasta que acabó por desabrocharse completamente la camisa, dejándosela puesta y cogiendo una mano del rubio, pasándola por su vientre mientras que Ángel cada vez se notaba arder más.

Observó, con los ojos bien abiertos, queriendo no perderse detalle de ello, y aún con los dientes sujetando su labio inferior, como esa mano ascendía hasta el pecho del gótico, quedándose unos pocos segundos ahí, avanzando hasta llegar a enredarse entre el pelo de Scary, hundiendo Ángel los dedos entre éste, mirándolo directamente a los ojos y sintiendo que, como volviese a abrir la boca el otro, ya fuese para preguntarle la hora, se lanzaría a por él, y comenzaría a devorarlo sin más preámbulos, simplemente, con ansia de volver a probar su cuerpo.

Sin embargo, al escuchar de nuevo hablar a Scary, se le cortó la respiración. Hasta que fue consciente de lo que pasaba. –Se acabó –rugió, lanzándose contra el gótico, abrazándolo y rodeándolo al completo entre todas sus extremidades, empotrándolo contra el suelo.

Una vez ahí, hecho un lío de pieles con Scary, sin que se supiese cual era de quien, le acabó por quitar la camisa, tirándola bien lejos, apoderándose después de sus labios con otro pasional beso en el que examinó su, ya muy conocida, boca, relamiendo los colmillos en los cuales aún quedaba algo de su propia sangre.

Volvió a meter la mano bajo el pantalón, invadiendo todo su interior con caricias que casi eran masajes, o con simples roces, cubriendo por completo esa parte de su cuerpo, parándose, especialmente entretenido, un par de veces o bien en su sexo o bien en su muslo.

Se separó de sus labios, colocándose entre sus piernas y comenzando a moverse con necesidad, queriendo volver a poseer ese cuerpo que era tan solo suyo. Al pensar eso, se acordó de que los otros habían hablado de un tal Víctor, el cual reclamaba la presencia de Scary en ese lugar.

-¿Quién es Víctor y porqué te ha traído hasta aquí? –preguntó, con la voz algo jadeante y ya comenzando a bajarle el pantalón, muriéndose de ganas de volver a verlo y a sentirlo desnudo, en todo su cuerpo. Antes de que pudiese contestar, le dio un suave mordisco en la mandíbula.
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MensajeTema: Re: Pasillos   Miér Ago 06, 2008 1:31 pm


Aquel simple "Se Acabó" marcó la diferencia entre el sensual erotismo que había mostrado Scary al arrastrar las manos del rubio sobre su cuerpo y la desbordante pasión que estaba a punto de liberar al sentir el cuerpo de Ángel aplastando el suyo bajo su peso y cubriéndolo de besos, invadiendo su boca de la forma mas anhelante y extrema y desnudándole por completo en cuerpo y alma.

Aterrizo contra el suelo con un fuerte golpe en la espalda del cual ni fue consciente, simplemente, con los ojos ocultos tras sus parpados, continuó la tarea de rodear al otro con brazos y piernas y poseerle al mismo tiempo que se dejaba acariciar. Las manos de Ángel se movían sobre Scary como si ya se supiesen de sobra todos los puntos de placer que debía activar para que el gótico se volviese loco, al igual que ese beso, que prosiguió en el interior de su boca enroscando su lengua con la del otro con furia, masticando casi sus labios por la necesidad de más, pareciendo un animal hambriento.

Sin ninguna clase de reparos se aventuró por la boca y los labios de otro, lamiendo y llevándose a la suya propia el sabor de Ángel, paladeándolo y disfrutándolo con una sonrisa antes de volver a abrirle los labios para continuar.

Se movían tal como animales, sacudiendo el uno la cabeza contra el otro unidas por los labios y pareciendo que estaban realmente comiéndose entre ellos.

Ángel, llegándo aún mas lejos, le introdujo la mano bajo el pantalón, con lo que Scary separó sus piernas para dejarle libre acceso por esa zona, tocando sus muslos y su sexo y haciendo que el asesino no pudiese hacer nada más que retorcerse entre gemidos bajo el rubio, suplicando más con la mirada pero sin poder articular palabra.

Eso era algo que había echado de menos, el sentirse indefenso ante la inmensa cantidad de placeres que el otro le hacía experimentar, hasta el punto de perder el control de su propio cuerpo y de sus propias palabras, gimiendo el nombre de "Ángel" solamente por que en ese momento su rostro era todo cuanto ocupaba su mente, y su cuerpo todo cuanto ocupaba su piel.

Cuando el otro le preguntó acerca de Saddler, Scary ni siquiera quiso pensar, no quería manchar ese momento tan hermoso y tan esperado para ambos con la presencia o la historia de ese miserable, en ese momento solo existían ellos. Casi ni aquel pasillo, solamente el suelo sobre el que se encontraban adquiría importancia, nada más.

Scary giró el cuerpo de Ángel estirándose sobre él, jugando con su rodilla a presionar el sexo del otro.

-No pienses en eso ahora... ahora solo piensa en nosotros...-susurró asestándole pequeños mordiscos y lametones a su cuello, mordiscos con los labios, pellizcos con los que tiraba de su piel para lamerla en su boca con ansia-...solo existimos tu y yo...-terminó en un gemido ronco.

Volvió sentarse sobre él con una pequeña sonrisa. Scary nunca había pensado en dar otras formas de placer en las que no se usasen simplemente ambos cuerpos el uno unido al otro, ya que no solo nadie había despertado esa inquietud, sino que además el gótico tampoco se habría atrevido.

Pero su ángel lo hacía, pensó, mientras posaba las manos sobre su pecho, clavando las uñas en la tela y tirando de sus brazos hacia lados opuestos, desgarrando la prenda por completo y desnudándole de cintura para arriba.

Se mordió el labio inferior admirando su cuerpo, encerrándolo tras sus dientes de acero sintiendo la sangre circular hirviendo por sus venas.

Ángel le hacía sentir curiosidad por explorar más formas de placer, por probar a verle chillando extasiado bajo sus labios, por poder enorgullecerse de haber mordido y saboreado absolutamente todo su cuerpo, como una marca que el dueño deja sobre lo que le pertenece. Descendió la cabeza con las manos extendidas cubriéndole el pecho y besando en medio, empezando a bajar a caricias y lametones mientras su pelo negro se iba arrastrando sobre la piel del otro por todo su torso hasta llegar al estómago.

Sonrió con travesura, deslizando su mano pendiente de un dedo que aún acariciaba la piel de Ángel hasta su entrepierna, aún sobre el pantalón para rozar su sexo con descaro, masajeándolo por encima de la tela y besando en el lugar en el que había dejado sus caricias. Aún todo eso le resultaba violento, pero el ver al rubio perdido por el goce era algo que superaba todos sus arrestos.

Sin más, abrió el cinturón y el primer botón del pantalón, besando y relamiendo todo cuanto iba quedando al descubierto mientras sus dientes acariciaban peligrosamente toda la piel, que quedaba arrasada con su aliento ronco y suspirante que, totalmente fuera de ser helado como de costumbre, estaba literalmente en llamas.

Abrió el segundo de los cuatro botones. Prosiguiendo con la tortura de humedecer con su lengua toda la zona mientras gemía desbocado, al tiempo que las manos volvían a subir a su estómago para darle pequeños arañazos que no abrían la piel y simplemente producían un ligero cosquilleo en la zona.

Abrió el tercero, dando ya mordiscos casi histéricos, tirando de cuanto encontrase y empezando a bajar él mismo el pantalón con sus mandíbulas, con los ojos en blanco por la necesidad, las manos se cerraron sobre su estómago y una subió al pecho, volviendo a abrirla para apretarle con fuerza.

El cuarto botón, ya estando Scary totalmente harto, estalló por los aires sonando contra las paredes y el suelo con un pequeño tintineo.

Levantó la mirada, emitiendo un chorro de aliento directamente a donde sabía que estaba su sexo.

La mirada estaba repleta de cariño, no del simple y sucio deseo de hacer eso que iba a hacer por que era un morboso. Simplemente por encontrar nuevas formas de hacerle sentir placer, de verle pidiendo más, aunque ese deseo en sí no estaba algo exento de morbo, pero ambos se lo podían permitir.

Pasó unos minutos cubriendo de besos y caricias con sus labios la cara interna de sus muslos y piernas, sin querer pensar en nada más que en esa piel y, de vez en cuando, musitando algo inaudible que Scary parecía decirse sólamente a sí mismo.

Con un pequeño mordisco final se enderezó.

Tomó el sexo del otro entre sus dedos con la mirada aún clavada en Ángel, posando los labios y comenzando a besarlo limpiamente por todas las zonas posibles, envolviéndolo en su aliento y acariciándolo con la piel de su rostro mientras lo masajeaba con sus manos.

Las cuales bajaron para tocar sus piernas y caderas, tirando un poco más del cuerpo del rubio hacia si.

Capturó el miembro en su boca, cerrando los ojos e introduciéndoselo a través de los labios hasta llegar al interior de su boca. Donde, moviendo levemente la cabeza comenzó a rodearlo con la lengua, ensalivándolo con feroces lametones, presionándolo y moviéndolo con cuidado, concentrado en hacer que Ángel estallase de placer ahí mismo.

No sabía exactamente que clase de impresión causaría en el rubio ver precisamente aquella parte de su cuerpo rodeada de afiladísimos dientes de sierra que arrancaban carne humana de un solo pequeño tirón, ni que sobre esos dientes hubiese un rostro cuya piel parecía cuero blanco y cosido mil veces, ni que fuesen precisamente esos salvajes pero algo inocentes ojos grandes y rojos los que le estuviesen mirando mientras lo hacían.

Sin mencionar sus manos que pese a ser suaves, eran más garras que manos humanas, dotadas de uñas cortantes como espadas y que en esos momentos arañaban su estomago y pecho totalmente exaltadas, dejando dos o tres pequeños puntos rojos por su piel.

Pero era el aspecto que poseía Scary, y no podía cambiarlo, así que no se preocupó más por ello, ya que de nuevo su ángel era el único ser en el mundo que podía introducir su cuerpo en el interior de su boca sin correr más peligro que el de volverse loco de placer.

Lo extrajo de nuevo de su boca con una mano solamente para poder mirarle fíjamente, y sin desclavar la vista de sus ojos para que lo que hacía le entrase bien por los ojos, volvió a introducirselo casi con urgencia en la boca para hundir la cara en sus muslos sin parar de enrollarlo en su lengua, y masticarlo entre besos y cosquillas con las puntas de sus colmillos.

Simplemente, en ese momento, prefirió centrarse en el placer de Ángel, y en nada más.

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Ángel G. Evans

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MensajeTema: Re: Pasillos   Dom Ago 10, 2008 1:31 am

Se retorcía con una nueva sonrisa, mordiéndose los labios y mirando de una forma pasional (y con un deje lascivo bastante fácil de atisbar) el cuerpo del otro. -¿Cómo voy a dejar de pensar en eso? –preguntó, casi incrédulo. Era la persona que lo había separado durante poco más de cinco horas de Scary, sin saber donde estaba, como se encontraba, qué querían de él o si volvería a verlo.

-Espero que cuando terminemos, me lo digas y le pueda reventar a ostias la maldita calavera a mi placer –Vale, había exagerado demasiado diciendo aquello, pero que no se lo tomase a broma, porque iba totalmente en serio. Por mucho que le costase creer a Scary que su inocente Ángel hiciese esa clase de cosas… las haría -… Solo por ti –susurró contra la piel de su cuello, dejando un pequeño beso a la vez que terminaba la frase.

Volvió a sentarse sobre él, observando Ángel el rostro de Scary, casi adivinando lo que podría suceder. Aunque eso sí que le fue totalmente imprevisto. Las manos del gótico se aferraron a su propia camiseta, rasgándola y haciendo dos pedazos con la mayor facilidad de mundo, dejando su torso desnudo.

Y, como era de esperar, eso tan solo excitó más al rubio, al que le quedaba más bien poco para volver a atacar a Scary, pero para no dejarlo escapar esta vez y devorarlo vivo.

Suspiraba, con los ojos cerrados y la mayoría de veces mordiéndose el labio, sintiendo todos los besos que el gótico le dedicaba con una pequeña sonrisa, feliz de poder volver a sentirlo tras ese periodo (que se le había hecho eterno, para qué negarlo) sin saber siquiera de él. Comenzaba a retorcerse cada vez que sentía sus labios, jadeando. El simple hecho ya de sentir sus besos, le daba placer.

Abrió un poco los ojos, bastante sorprendido, cuando le abrió el primer botón, sintiendo los lametones que daba Scary sobre su piel, con su aliento ardiendo abrasándosela, comenzando ya a tener la respiración bastante agitada.

Sin más, le abrió el segundo, mordiéndose el labio y comenzando a azorarse, casi poniéndose nervioso (y más bien sin el casi) de escuchar los gemidos de placer que lanzaba el otro, ahora, desabrochando el tercer botón, cerrando los ojos con fuerza y arqueando la espalda, tensando todos sus músculos en el acto, recibiendo con gemidos bastante audibles cada uno de los mordiscos que le daba, sintiendo a su vez sus manos agarrarle con ansia del estómago y el pecho.


Y, hablando en plata, no hizo ni puto caso al cuarto botón que estalló por los aires, simplemente estaba demasiado ocupado en los labios de Scary sobre su piel, y en demostrarle todo el placer que le hacía sentir aunque, ni aún queriendo, sería capaz de disimularlo.

Comenzó a gemir, aún más fuerte, cuando empezó a besarle en los muslos, intentando agarrarse a algo, pero tan rolo tocando la lisa superficie del suelo bajo sus manos, cerrando los puños con fuerza y haciéndose daño él mismo por el ímpetu con el que lo hacía.


Ancló los codos en el frío suelo del psiquiátrico, mordiéndose el labio con tanta fuerza que acabó por hacerse un punto de sangre. Buscaba captar la mirada de Scary, cruzándosela algo fugazmente mientras sentía los besos directamente sobre su miembro, intentando sonreírle, quedando en un vano intento por la respiración agitada y la boca algo abierta.

Profirió un grito con el que casi se desgarra la garganta al sentir la boca de Scary rodear por completo su sexo, ensalivándolo y besándolo, volviéndose loco de placer, tumbándose de nuevo, dejando tan solo la cabeza sobre el suelo y arqueando la espalda, buscando, casi inconscientemente, el sentirlo más adentro.

Aquellos dientes de los que el gótico era poseedor no hacían nada más que aumentar la excitación y el morbo que sentía Ángel, el cual sabía (o al menos así lo creía él) que era el único ser de la tierra que podía disfrutar jamás de esas pequeñas pero afiladas cuchillas bucales que tenía el otro por dientes. Que podía disfrutar si que no ha sido el único que lo ha disfrutado.

Era, pensó Ángel, como un enorme dragón negro, que es fiero con todas y cada una de de las personas que intentan pasar mas allá de la barrera que el propio animal ha establecido. Pero, sin embargo, existía un ser, un único y especial ser vivo al que se le permitía pasarla, y, además, anidar en ella. Y, mientras que todos los demás eran devorados, despellejados, troceados y, en definitiva, asesinados, por los dientes del dragón, para ese ser vivo, tan solo existían placeres que entregarle.

Era como si esa personita fuese el tesoro más sagrado que jamás hubiese llegado a poseer el dragón. Y el ser, lejos de asustarse de la ferocidad y la impactante visión de sus dientes, de su dura pero suave piel, de su colosal tamaño, de las zarpas, oscuro color u ojos, cada vez lo amaba más, se dejaba y pedía, casi a gritos, las atenciones del mitológico animal. Simplemente, desempeñaba la función de cofre del tesoro con toda la felicidad del mundo.

Claro que así era como lo pensaba Ángel. Y deseaba que no fuese de otro modo.

Llevó una mano hasta la cabeza de Scary, gimiendo y gritando por puro placer, enredando los dedos entre su pelo y acariciándole la nuca, con los ojos en blanco y mordiéndose todavía el labio. Gemía pidiendo más, haciendo que siguiese, sintiéndose el cofrecito del tesoro de aquel imponente dragón negro.
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MensajeTema: Re: Pasillos   Lun Ago 11, 2008 1:02 am

Elevó su cabeza una sola vez, rozando con sus labios la punta del sexo del otro, y volvió a descender sintiéndola ahora cruzar su boca y atravesar su garganta.

Cada nuevo grito le arrancaba otro gemido a él, y otro nuevo movimiento de cabeza en torno a su miembro, el cual succionaba con el deseo de sentirle presa del placer, placer que él estaba sintiendo como si fuese suyo. Aunque algo rondaba por su mente de vez en cuando, y eso era algo acerca de "su creador".

Saddler era suyo, únicamente suyo. Y no permitiría que algo tan puro y brillante como Ángel se manchase las manos con la sucia sangre que ese enfermo pudiese guardar en su cabeza. Solo lamentaba que su guardián se hubiese tenido que ver inmerso en ese lúgubre ambiente de camisas de fuerza y camillas eléctricas.

Continuó siguiendo los gritos de Ángel con lametones a su miembro, sujetándolo entre sus dedos y llevándolo casi hasta la garganta para una vez allí, masticarlo y recubrirlo con su boca sin dejar de acariciar todo cuanto abarcasen sus manos. Todo con el cuidado, pensó, de que si cerraba los dientes en ese mismo momento tendrían un pequeño (o más bien grande) problema. Ni él entendía como se había atrevido a hacer eso sabiendo que poseía una armería por dentadura.

Tal vez por la seguridad y convencimiento propio de que si había una única persona en el mundo a la que jamás dañaría, bajo ningún concepto, y para la cual transformaría sus armas más mortales en simples elementos de placer, esa persona era Ángel. Aunque aún considerase una locura el estar haciendo eso allí, realmente le daba igual, cualquier lugar era apropiado para colmar de placeres a Ángel, ningún momento era inoportuno y ninguna práctica era despreciada si con ello conseguía que la persona a la que amaba perdiese la cabeza por el goce.

Y si alguien aparecía en ese momento, Scary le mataría y seguiría devorando el cuerpo de Ángel, y suerte habría tenido el que les hubiese encontrado de haber podido disfrutar de la imagen de las dos personas que mas se amaban en el mundo. O al menos así lo imaginaba el gótico, pues para él, incluso su simple visión unida era ya un espectáculo.

Lentamente, con su sexo aún en la boca, fue girando su cuerpo con suavidad, tendiéndolo en el suelo hasta apoyar su costado en el estómago de Ángel, dándole la espalda y mirando Scary hacia sus piernas. Dejando ver la excitante visión de su cuerpo y espalda, con la piel destellando por los neones blancos y dándole el aspecto de un ser de plata.

Movía su cabeza masturbando con sus labios el sexo de Ángel, con tanta fuerza y presión que casi hacía temblar todo su cuerpo, sintiendo Scary en su costado como el rubio se retorcía y golpeaba contra el suelo mientras enredaba los dedos en su pelo. El asesino levantó un poco su cabeza para poder sentir mejor esas manos reflejando su excitación en frenéticos masajes a su pelo, girándola él para poder sentir más, como un gatito que tuerce su cabeza hacia las caricias de su amo.

Que eso era Ángel, el único que podía disfrutar del cuerpo de Manson, siempre usado para la muerte y la destrucción, siempre empleado como arma mortal, ese cuerpo era para Ángel una posesión que podría utilizar para poder sentir todo el placer del mundo, mientras que otro que no fuese él perdería su cabeza solo por haberse atrevido a tocarle.

-¿Sabes que por tí haría cualquier cosa? Lo que fuese...-musitó acariciando el sexo del otro con los labios, pero bien consciente de que el otro le escuchaba y utilizando un tono férreo que indicaba, al igual que el "Solo por tí", que Scary hablaba plenamente en serio-...soy tuyo...lo seré siempre...-susurró con un tono de entrega total.

Extendió una mano hacia su cabeza, tomando una de las que Ángel sostenía entre su pelo y entrelazó los dedos en ella, desatendiendo el miembro del otro durante un segundo para acercar la mano a su boca y darle un tierno y pequeño beso en el dorso.

Tras eso, la llevó a su propio pecho, sosteniéndola allí y pidiendo sin hablar las caricias de Ángel en esa zona.

Comenzó a contorsionarse suavemente sobre Ángel, haciendo que su espalda totalmente a la vista del otro se retorciese un poco, rozando con su costado todo el cuerpo de Ángel en una caricia tórrida y sensual que Scary acompañaba de fuertes gemidos aún con el sexo del otro en su boca, haciéndole cosquillas con sus dientes y lamiéndolo ruidosamente con pasión y deseo contenidos, deseando, en cualquier momento, ser él el que poseyese a su ángel de la forma mas ardiente a imaginar.

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Última edición por †Scary Manson† el Lun Ago 18, 2008 11:56 pm, editado 1 vez
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Ángel G. Evans

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MensajeTema: Re: Pasillos   Jue Ago 14, 2008 2:10 pm

Observó, con la respiración entrecortada y el rostro perlado de sudor, como le daba la espalda, mostrándole la excitante visión que era para Ángel el ver esa parte del cuerpo de Scary. Con una pequeña sonrisa, le acarició el lugar exacto donde debería llevar las alas, ya fuese dragón o ángel.

Se incorporó un poco, lo justo para poder darle un beso en la nuca y volver a dejarse caer con un sonoro choque, incapaz de mantenerse mucho rato erguido, presa de los placeres que le estaban obligando a retorcerse bajo el cuerpo de Scary, gimiendo cada vez más alto.

Comenzó a masajear su cabeza, enredando los dedos entre su pelo, echando la suya propia hacia atrás mientras se mordía el labio, escapándosele, aún así, algún que otro suspiro.

Sonrió cuando sintió a Scary buscar más caricias con su cabeza, acentuando así los masajes que le daba, arrascándosela con suavidad por la nuca.

Escuchó todo lo que el gótico le dijo con una pequeña sonrisa, suspirando ante los besos que le daba en su sexo, sabiendo (y esperando que Scary también lo supiese) que él también era totalmente del otro. Y que lo sería para siempre.

Ángel también sabía, y era algo de lo que tenía conocimiento de hacía ya bastante tiempo aunque lo hubo demostrado hacía poco, que por Scary haría lo que fuese, tanto, como que acababa de internarse en un psiquiátrico, destrozándole la nariz al cocinero, dejando inconsciente al secuestrador y matando a un vigilante.

Pero sabía que había hecho eso y que hubiese hecho más de no haber sido porque había vuelto a cruzarse con él, cosa que había anulado todo pensamiento de su mente que no fuese el de devorarlo y ser devorado por esos dientes de guardián dotado con alas y colmillos, custodiando el tesoro.

Volvió a retorcerse sobre el suelo, gimiendo desbocado. Gemidos audibles que casi rozaban la histeria y podían calificarse como gritos. Hasta que sintió su mano entrelazada a la suya, intentando acallarlos para poder observar aquel beso limpio que le dedicó, llevando después la mano hasta su pecho.

Ángel, creyendo entender lo que decía Scary, se incorporó, echándose un poco sobre su costado, con la espalda de éste pegado al torso del rubio, que lo atraía con fuerza del pecho hacia sí, masajeándolo mientras volvía a sentir como se introducía de nuevo su miembro en la boca.

Cada gemido del otro le arrancaba uno nuevo a él, que a cada uno que pasaba, era más fuerte que el anterior. Clavó las uñas en su pecho, necesitando agarrarse a algo, arrastrándolas por toda la piel, dejando cinco finas líneas enrojecidas sobre su pálido torso, frenando segundos después, cerrando con fuerza el puño mientras seguía gimiendo y gritando por puro placer.

Cuando fue algo consciente de lo que había hecho, intentó remediarlo con caricias y masajes, jadeando y con el rostro lleno de sudor. El pelo rubio se le pegaba a la cara, donde, cuando no tenía los ojos en blanco, los tenía clavados en el rostro de Scary.

Dejó una mano sobre su pecho, aún acariciando los arañazos que le había causado, mientras que subió otra hasta su pelo, masajeando su cabeza con fuerza, despeinándolo y apartándole los mechones que le tapaban el rostro. Bajó el suyo propio hasta darle un pequeño y sonoro beso en la mejilla.

Y ahí estaba él, observando al ser al que más amaba en el mundo llenándolo de placer, haciendo que casi pusiese los ojos en blanco, pero intentando resistirse tan solo para seguir mirándolo mientras le llenaba de caricias. En un impulso, le apartó el rostro de su entrepierna, separándolos y desocupando su boca por unos segundos, hasta que volvió a llenarla, ahora con su lengua, en un beso lleno de pasión.

Con su cabeza apoyada entre las piernas de Ángel y éste sujetándolo del rostro y del pecho, devorándole la boca con un ansia que pocas veces había sentido tan intensa. –Te amo –dijo en bajo cuando se separó de sus labios, dándole otro pequeño beso en estos antes de volverlo a dejar para que siguiese cubriendo de besos al rubio.

Otro nuevo gemido escapó de su garganta al sentir, otra vez, como atravesaba la garganta de Scary con su miembro.

Volvió a tumbarse en el frío suelo, retorciéndose, como las otras veces, bajo el cuerpo del otro. Arqueaba la espalda, dejando anclada la cabeza en la dura superficie, dándose de vez en cuando algún que otro cabezazo al intentar mirarlo.

Hasta que, al cabo de un rato, sintió de nuevo ese calor invadirle el cuerpo, haciéndole retorcerse con más fuerza, sabiendo qué se avecinaba.

Con un fortísimo grito, elevando la cintura e intentando aferrarse a algo (encontrándose únicamente con el suelo, por donde se le resbalaban los dedos hasta dejar los puños cerrados anclados en él), sintió como acabo por estallar en la boca del otro, derritiéndose de placer en su interior.

Dejó que se le acompasase la respiración, hasta que el grito con el que había creído que poco más y le sangraba la garganta acabó por convertirse en un suspiro, tragando saliva hasta con algo de esfuerzo, mirando la espalda de Scary con el ceño ligeramente fruncido, algo incorporado.

Terminó por ser él mismo el que le elevó el rostro, sentándose de nuevo Ángel. Lo dejó tumbado boca arriba, entre sus piernas, mirándolo con una sonrisa. Y sin saber qué decir, o sin tener nada que repetirle, sabiendo que todo lo que le pudiese decirle Scary ya lo sabía, volvió a besarlo.
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